Queridísima Milagros Gandía, me acabo de enterar de que hace apenas una semana nos dejaste y te fuiste a otro cielo más limpio y transparente sin darnos tu adiós, sin decirnos que emprendías un viaje sin retorno. Yo, confiaba en verte y saludarte alguna vez para recordarte en tu época de esplendor cuando, con un estilo y una clase que no se podían aguantar, defendías maravillosamente el estanco de tu madre Cristina en la plaza de la División Azul, una plaza que cambió de nombre posiblemente por caprichos del destino y que ahora se la conoce por plaza de la Constitución. Con tu cintura de avispa, tu belleza natural (no necesitabas maquillajes ni artificios para aparecer guapa y atractiva ante un público que se quedaba atrapado por esa desenvoltura que regalabas constantemente trabajando con una rapidez inusitada.
Mila adorable, con permiso de tu esposo Eloy Moreno, afable Kubala, y tus hijos te digo a voz en grito porque sé que ya estás en la gloria que merecías que a ti te entregué el primer telegrama en la imborrable mañana del 16 de marzo de 1957, mi debut en el espléndido cuerpo que conducían con acierto don Victor Boned y don Enrique Turégano, sólidos jefes de Centro y de Tráfico, y tú simpatiquísima, primorosa y agradecida me diste una peseta «recién hecha» de papel como propina. Fue un inicio precioso, que continuó llevándote decenas de despachos azulados y comprándote para mis compañeros tabaco, papel y cerillas cuando imperaban el caldo de gallina, los Ideales, Ducados, el Bisonte y los librillos marca Jean. Rozándote estaban el peluquero, la cafetería Fuentes, los vecinos de la familia Cernicharo, los almacenes de Mateo Sánchez y los colegios de Médicos y Farmacéuticos.
Y es que tu nombre, Milagros, hermana del encantador Pepe, me trae a la memoria los compases de un muchachito de catorce abriles montado en bicicleta Orbea y recorriendo las calles de una capital totalmente distinta (han desaparecido tantos edificios emblemáticos y tantísimas empresas que hace falta bastante papel para anotar la ausencia de personas y establecimientos. Con tu falda de vuelo y tu armonía paseabas con garbo y elegancia Rosario y Caba, Dionisio Guardiola y Octavio Cuartero hasta llegar a Pérez Galdós. Seguiría escribiendo cantidad de anécdotas y pasajes de otra etapa ya que en ellos estás tú, pero la nota triste de tu desaparición me lo impide y solo acierto a enviarte un beso desde esta tierra que te quiso y a decirte: «-Muchas gracias, Milagros irrepetible».