Hablar de Luchino Visconti y de Giuseppe Tomasi di Lampedusa, presentando el film "El gatopardo" podía ser: o una repetición de los tópicos preferidos por los seudocinéfilos, o salir del paso lindamente con unos cuantos apuntes. Pero el martes 18, en la filmoteca, no pasó ni una ni otra cosa. Luis Alberto de Cuenca dio su lección de buen y bien decir, se demoró en la liturgia, exploró los misterios y se detuvo en la orfebrería de don Luchino, el milanés, no tan decadente como se piensa pero sí tan brillante y perfeccionista como lo fue.
El objeto de análisis de aquella tarde-noche en el viejo cine Capitol, era triple: vista atrás en el tiempo (1896-1957), la breve biografía de un hombre nacido en Palermo en el seno de una familia de antigua nobleza siciliana, hombre a quien durante muchos años le daba vueltas la idea de escribir un relato sobre el desembarco de Garibaldi en Marsala. Relato finalmente escrito. Relato cuyo manuscrito fue rechazado por algunos editores (Einaudi, Mondadori: que Dios les conserve la mala vista literaria), y que fue publicado por Feltrinelli, con prólogo de Giorgio Bassani en 1958, un año después de que su autor, Lampedusa, falleciera en una clínica romana. Lampedusa no conoció, por tanto, ni el gozo que un libro propio produce a su autor ni el éxito posterior, porque la tardía génesis de "El gatopardo" se compensó con las recepción entusiasta de la crítica y de los lectores.
La segunda parte del análisis consistía en un recorrido biográfico (1906-1976) del milanés Visconti, que como di Lampedusa había nacido de familia aristocrática. Un milanés brillante y sorprendente, culto y operístico. Un milanés que nos ha dejado una filmografía irregular, pero en la que sobresalen para mi gusto tres obras maestras: "Rocco y sus hermanos", "Muerte en Venecia" y "El gatopardo", basadas en tres relatos de Testori, Mann y di Lampedusa
Finalmente, (1963) la película basada en el relato de Lampedusa. Fue Oro en Cannes y fue, y sigue siendo, oro en el personal festival que todos los aficionados al cine tenemos en la memoria. Aquí, en este punto, Luis Alberto dejó a un lado su contrastada erudición y nos situó ante el orfebre Visconti, capaz de recrearse en los detalles mínimos, en un cuadro que espera la mirada, en un baile en el que el yanqui Lancaster no desmerece del retrato siciliano del Príncipe Salina, aquejado de melancolía.