A la espera de que el Tribunal de Apelaciones oficialice la derrota electoral del centroderecha italiano que lidera Silvio Berlusconi, Italia se enfrenta a un complicado horizonte político y social que encontrará su primer obstáculo en el nombramiento del nuevo presidente de la República que debe tomar el testigo de Carlo Ciampi. Pero los desafíos que debe afrontar el líder del centroizquierda se refieren fundamentalmente a la necesidad de estabilidad política y reformas económicas necesarias para sacar al país del marasmo en el que se encuentra desde hace años. Una gran coalición o Gobiernísimo como ha propuesto Berlusconi podría ser una solución a la vista del éxito que la fórmula está teniendo en Alemania. Sin embargo la profunda hostilidad entre los dos grandes polos políticos y el divorcio entre sus líderes no parece facilitar el clima necesario para tejer una alianza de estas características. Berlusconi no está ofreciendo una imagen edificante cuestionando el resultado de las urnas y resistiéndose a admitir abiertamente la victoria del centro izquierda una vez que las autoridades de Interior aseguraron que únicamente cerca de 5.000 papeletas habrán de ser revisadas por posibles irregularidades y que, incluso si todas fuesen favorables al centroderecha no serían suficientes para inclinar la balanza de su lado.
Si finalmente Romano Prodi es elegido primer ministro su Gobierno nace cuando los viejos demonios familiares de la vida política italiana, que es todo menos ejemplar, están en pleno apogeo y en su propia coalición brotará la tendencia incurable a las trifulcas, la falta de perspectiva y los reinos de taifas en nombre, además, de liderazgos interminables de todos los tamaños, pugnas sobre el status de cada quién y gusto por la disgregación y la indisciplina colorista y anecdótica.
Prodi pagó en 1998 con su dimisión, tras perder una moción de censura por un solo voto, la conducta absurda de Fausto Bertinotti, padre de Refundación Comunista, con pocos escaños pero con valor suicida para dinamitar la primera coalición que il professore había logrado componer. Sin partido claro, aunque de origen cristianodemócrata reformista y católico-laico, el primer ministro ya pasó el calvario de arbitrar un gobierno heterogéneo y ahora le espera el mismo desafío.
La victoria por la mínima de La Unión -última versión de las coaliciones de centroizquierda precedentes, El Olivo y La Margarita- ha sido percibida sobre todo como una derrota de Berlusconi y su estilo. La Casa de las Libertades, el polo de centroderecha que animó el presidente saliente pivotaba sobre un partido-eje, Forza Italia, férreamente gobernado por Berlusconi, pero Romano Prodi no dispone de una herramienta semejante y, por tanto, depende de la buena voluntad y el sentido común de sus socios, socialistas, liberales diversos, cristianodemócratas, comunistas reformados y algunos sin reformar, ecologistas.
El programa de La Unión está hecho y fue pactado, pero no la atribución de carteras, que será el primer rompecabezas de Prodi. Liquidar el déficit presupuestario, su auténtica especialidad, combatir el fraude fiscal y fomentar el crecimiento económico. El nuevo presidente del gobierno sabe hacer eso y podrá afrontar esa tarea si la variopinta coalición que preside se lo permite con un comportamiento responsable y solvente a la altura de la reputación de su jefe.