Si don Winston Churcill hubiera amanecido a la vida en 1960, jamás nadie podría haber hecho carrera de él. Gordo ostentoso, fumador empedernido, amante del brandy sin moderación alguna, un tipo como Churchill encarnaría hoy la imagen misma del anti-hombre, del enemigo de la humanidad por antonomasia, digo más, del infrahumano bárbaro y repugnante. Una legión de concienciadas señoras se abalanzaría sobre el pobre caballero para recriminarle su indigencia moral. Desde Mercedes Milá hasta Teresa Viejo, pasando por nuestra delgada y antitabaquista vicepresidenta -¿no os recuerda todo esto al Ejército de Salvación?-, cualquier dama progresista que se precie vería a sir Winston Churchill como el prototipo del burdo macho al que es preciso exterminar por higiene humanitaria. En su lugar, todas ellas optarían por el señor Chamberlain, el del pacto de Munich, porque don Neville, además de hablar de paz, era alto y delgado, esbelto y estiloso, no bebía y, que yo sepa, tampoco fumaba. Como Hitler, por otra parte.
Estas cosas me venían a la cabeza mientras veía, el domingo noche, el espectáculo que montó Teresa Viejo en Antena 3 para hacer adelgazar a los obesos, que parece ser una de las nuevas obras de misericordia. El programa consistía en una puesta en escena del método de Allen Carr para perder peso con una dieta equilibrada y una vida sana. Tuvo una parte buena, que fue la severa prevención contra la obsesión de la delgadez y contra esa neurastenia patológica de dejar de comer para estar mono y, sobre todo, mona. Tuvo una parte mala que fue, precisamente, alimentar (valga el verbo) esas mismas obsesiones y neurastenias que denunciaba. Ciento cincuenta ciudadanos, presentes en el plató, actuaron como voluntarios conejillos de Indias del experimento. La propia Teresa Viejo, qué tipazo tengo, formó parte de la hazaña. Hazaña fue, desde luego, para Antena 3: el programa logró un share del 40,5%, que es una barbaridad. Y fue, técnicamente hablando, un buen programa: Boomerang había fabricado un producto notable y Teresa Viejo domina la cámara como si montara a caballo. La cifra media de espectadores fue levemente inferior a los dos millones de personas. Sería interesante saber cuantos son gordos y cuántos, sin serlo, se ven a sí mismos como tales. También tendría interés saber cuántos se han propuesto adelgazar después de este programa. Que sí que fumar es malo y estar muy gordo, también. Que la salud cardiovascular se resiente. Que un fumador gordo tiene más posibilidades de diñarla temprano que un no fumador flaco. Vale. Pero acuérdese usted de sir Winston Churchill: gordo, fumador y, además, beodo.