El fiel reflejo de lo que fue la larga y desquiciante jornada de este lunes es que, a un cierto punto de la tarde, los políticos empezaron a callarse, cosa dificilísima en Italia. La incertidumbre se apoderó de los dos bandos, tanto de La Unión de Romano Prodi, que hasta ese momento se creía vencedora, como de La Casa de las Libertades de Silvio Berlusconi, que contenía la emoción al vislumbrar la posibilidad de un empate o incluso un triunfo. La peor parte se la llevó Prodi, y ya tiene mala suerte porque fue el único día de su vida en que Berlusconi ha sido discreto. Mientras il Cavaliere no abrió la boca en toda la jornada y sólo se supo que se había trasladado en helicóptero de Milán a Roma, Prodi no tardó en convocar a los medios. Con los datos de las encuesta a pie de urna, que coincidían básicamente con los sondeos conocidos y le daban la victoria, el líder del centro-izquierda anunció su aparición pública a las 18.30 horas.
La plaza de Santi Apostoli de Roma, lugar de festejos de La Unión, se llenó a primera hora de la tarde, bullía de banderas rojas y todo parecía encauzarse a una celebración histórica. Sin embargo, los resultados prometidos no terminaban de cuajar y, por simple precaución, pero ya con un poco de mosqueo, Prodi aplazó una hora su comparecencia. De todos modos, los diferentes líderes de la izquierda no ocultaban su optimismo.
La remontada
El ex-primer ministro y presidente de Demócratas de Izquierda (DS), Massimo D'Alema, ya estaba diciendo a las cuatro de la tarde que su formación había sacado 2 millones de votos más y hablaba de una «victoria histórica». En efecto, parecía que por primera vez desde la posguerra, la izquierda iba a superar en número de votos a la derecha. No había ocurrido en 1996, cuando Prodi ganó por primera vez las elecciones.
Las ganas de derrotar a Berlusconi y mandarlo de una vez a su casa traicionaron a D'Alema, que se mostró mucho más locuaz que de costumbre: «Es el fin del berlusconismo y la antipolítica, como dijo Montanelli, el país puede volver a la política». El insigne periodista Indro Montanelli profetizó, efectivamente, que Italia sólo necesitaba 'vacunarse' contra Berlusconi, haciéndole ganar una vez, para no querer volver a verlo nunca más. Sin embargo, a medida que pasaban las horas crecía la impresión de que, quizá, aún no había llegado el día de la famosa vacuna. A las 19.30 horas, la oficina de prensa de Prodi aplazó de nuevo, esta vez sin hora fija, la aparición de su líder. A las diez de la noche, aún no había salido de su escondrijo. Las sonrisas en las conexiones con las sedes de los partidos de La Unión empezaron a desaparecer, y también los propios políticos interesados. En cambio, de pronto, los periodistas destacados en las hasta entonces solitarias oficinas de la Liga Norte, por ejemplo, empezaron a pedir la línea. Los chicos de Bossi esbozaban una sonrisa de oreja a oreja y comenzaron a dar lecciones de prudencia a sus adversarios. En la sede de Forza Italia, Antonio Tajani, líder de los europarlamentarios populares, sustituyó a su fúnebre y mesurado colega, Renato Schiffani, para proclamar con energía los excelentes resultados de Berlusconi. Para desesperación de La Unión, el centro-derecha empezaba a crecerse. Hasta entonces, sólo habían hablado a los micrófonos los más escépticos miembros de la coalición de Gobierno, como el democristiano Bruno Tabacci.
Desánimo en la izquierda
Con las horas, los elementos críticos del centro-derecha se fueron dando de baja ante las cámaras y salieron a la palestra las voces más vehementes. En Rete 4, la cadena multada por su descarado forofismo por Berlusconi, su amigo Emilio Fede no cabía en sí de gozo y empezaba a frotarse las manos. Esa imagen de fiera satisfecha de uno de los iconos más repudiados del berlusconismo causó escalofríos en la izquierda. La pesadilla de cinco años más de Berlusconi era posible. En cambio, para los partidos del Gobierno, el milagro era una hipótesis real. Hablando de la posibilidad de un empate, en La Unión cundía un desánimo inconsolable. A la espera del resultado, la izquierda se sentía de todos modos perdedora. Le habían aguado la fiesta. Berlusconi seguía guardando silencio.