Alberto de Mónaco parece haber encontrado lo que iba buscando: una mujer sin pasado. Y, tal como está el mundo, para lograrlo no ha tenido más remedio que recurrir a una criatura anfibia, mitad sirena, mitad monja de clausura. Y es que según ha declarado la nadadora Charlene Wittstock a una revista: «Fuera de la piscina, no tengo ninguna vida».
Efectivamente, querida, ahora se comprende todo. Sólo alguien que se ha pasado más de la mitad de su existencia metida en el agua y apenas ha pisado tierra firme es capaz de quedar deslumbrada ante la visión de Alberto.
En todo caso, ya sea por estar poco documentada o por una natural afición a lo exótico, he aquí a una mujer dispuesta a conseguir que el solterón más recalcitrante de Europa pase al fin por el altar. Se llama Charlene y es sudafricana. Su musculoso cuerpo recuerda al de Arnold Schwarzzennegger y su dulce rostro, al de Olivia Newton John.
Por fin una mujer parece reunir todo lo necesario para ablandar el encallecido corazón de Alberto, y, al mismo tiempo, conquistar a los sufridos monegascos, pues incluso es altísima y rubísima como la difunta Grace Kelly. Y eso que convencer a los ciudadanos de ese pequeño país no ha de resultar tarea fácil, pues, con todo lo que les ha tocado vivir, deben de tener ya el colmillo retorcidísimo.
Pero Charlene es políticamente correcta hasta en la forma y el lugar en que conoció a su príncipe: unos Juegos Olímpicos, que son como el meeting point de la realeza en edad de merecer. Varias bodas reales o principescas han salido de unas Olimpiadas.
Esta podría ser una de ellas. Si no se arrepiente antes, Alberto II llegará al matrimonio casi cincuentón, fondón, calvo, con un hijo reconocido y varios en lista de espera por reconocer... Pero, ¿cuánto se apuestan a que ella dice sí?