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Domingo, 19 de marzo de 2006
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PROVINCIA
DE CARA AL EVANGELIO
El mercadeo en el Templo
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Esta semana he pasado por los grupos de catequesis para hablar a los niños del Día del Seminario. Quería hacerles comprender que hay que rezar por los seminaristas, que los niños y jóvenes, amigos de Jesús, tienen que estar dispuestos a responder a sus llamadas para poder continuar la tarea de seguir dando vida al mundo. Tiene que haber misioneros que proclamen su evangelio y que celebren los sacramentos: bautizar niños, repartir el pan de la Eucaristía, perdonar los pecados En un tono un poco de reto les pregunto a los niños: «¿Si un día no hay sacerdotes, qué vamos a hacer con nuestra iglesia nueva, tan bonita, que hemos construido con tanta ilusión? ¿ La cerramos?» Y un chaval me responde todo resuelto: «Pues así tenemos una peña». La cosa es clara: en estos días previos a la Semana Santa, muchos chicos y adultos no tienen otra preocupación que preparar las peñas, es decir, preparar lugares de encuentro para el comer y el beber durante todos estos días santos. Así pues sin darnos cuenta podemos convertir los templos en peñas, y aquí no pasa nada. El evangelio de hoy nos presenta la santa ira de Jesús cuando llega a Jerusalén en su último viaje. Ha tomado la decisión para la prueba final, está dispuesto a ir por amor hasta una muerte de cruz por nuestra salvación.

Entra en el Templo y se encuentra con el empastre, el mismo que había encontrado otras veces, el consabido mercadeo en el Templo. Otros momentos lo había aguantado, pero ahora con los nervios a flor de piel, un poco aquello de perdidos al río, Jesús coge un látigo, echa corderos y vacas fuera, vuelca las mesas de los cambistas y no para de gritar enfurecido: «Quitad esto de aquí, no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre».

Los jefes vienen a pedir explicaciones de aquella desconcertante fechoría, quién, preguntan, le ha dado a él vela en este entierro para hacer semejante cosa. Y Jesús tiene una respuesta enigmática, pero cargada de sentido. Más tarde se comprenderá todo. «Destruid este templo y en tres días lo levantaré». De este desconcertante relato evangélico se desprender dos grandes conclusiones. Por una parte no podemos mercadear con las cosas de Dios, esto es impresentable. Y como segunda cosa Jesús nos hace comprender que desde aquel momento, el templo, es decir, el lugar de encuentro con Dios, no será aquella lujosa construcción de piedras Ahora el lugar de encuentro con Dios será el mismo Jesús, destruido en la cruz, y reconstruido en la resurrección. Y desde Jesús todos los hombres se convierten en templo, es decir en lugares de encuentro con Dios, y por tanto merecedores de todo amor y respeto.

El mercadeo, es decir, el utilizar lo santo con fines mercantilistas crece como mala hierba en los lugares en los que menos puedas sospechar. Existe a veces este mercadeo en los palacios episcopales, en los congresos, pasando por las sedes de los partidos, o en los gobiernos. Puede existir esto en cualquier asociación que se monte con apariencia de bien, o en cualquier tienda de recuerdos. También puede ocurrir esto en la procesión del santo patrón, o llevando el paso de Semana Santa si esto se convierte en una pasarela propicia a la exhibición de todas las vanidades juntas.

Por otra parte hoy se nos invita a tomar conciencia para evitar las profanaciones que cada día se hacen con seres humanos, que son templos de Dios. Si a nuestros jóvenes les da en masa por hacer macrobotellones, están profanando aquella hermosa juventud, divino tesoro que está llamada a apuntarse a las causas más nobles de la humanidad.

Somos conscientes de las enormes profanaciones que cada día se dan en nuestro mundo: muertes por hambre o violencia, explotaciones sexuales, empobrecimiento de valores, falta de libertad o fanatismos inhumanos. Termino con un mensaje de un guión litúrgico de Cáritas: «Una víctima inocente es un deicidio-un niño hambriento es una blasfemia-una mujer violada en una profanación-un oprimido es un pecado contra el Espíritu-un drogadicto es un templo derrumbado » Ante todo esto, como a Jesús, el celo de Dios debe comernos para no cesar de levantar nuestro grito de justicia, libertad y amor.



Vocento
LA VERDAD DIGITAL, S.L. (SOCIEDAD UNIPERSONAL). Camino Viejo de Monteagudo s/n. 30160. Murcia. CIF: B73096802.
Inscrita en el Registro Mercantil de Murcia al Tomo 1.709, Libro 0, Folio 41, Sección 8, Hoja nº MU34509, Inscripción primera.

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