Es manifiesto que Repsol está siendo víctima del populismo del nuevo presidente boliviano, Evo Morales, quien se halla decidido a demostrar su poder y su decisión de controlar el capital extranjero, que, a su criterio, sería el responsable de la depauperación del país, tan rico sin embargo en recursos naturales, gas y petróleo en primer lugar. El secretario de Estado español para Asuntos Exteriores, Bernardino León, ha afirmado que el incidente de la irrupción de policías bolivianos en la sede de Repsol YPF para detener a dos ejecutivos de la filial supone «una enorme preocupación para España» y ha calificado la actuación como «injusta». Tal declaración supone evidentemente un serio aviso para Morales, quien podría verse, además de aislado internacionalmente -de poco le valdrá la complicidad de Chávez y de Fidel Castro-, incapaz de rentabilizar sus yacimientos en beneficio de sus ciudadanos. Rodríguez Zapatero, quien ya ofició de intermediario entre Bolivia y la UE en la reciente visita de Morales a Madrid, antes de ocupar oficialmente la presidencia, no puede transigir en absoluto en este asunto: si Bolivia no garantiza la seguridad jurídica, la comunidad internacional le dará la espalda y España nada tendrá que objetar.