En la resolución sobre economía titulada Reformas para un crecimiento sostenible, presentada ayer en la Convención Nacional del PP, el partido propone un pacto de Estado a largo plazo sobre la energía ante el agotamiento de los combustibles fósiles. La diversificación de nuestras fuentes de energía y la apuesta por todas ellas sin excepción no parece que puedan conseguirse a poco que seamos realistas: a nivel político interior supone una utopía tal como están las cosas; a escala europea mucho más porque la UE, que nació hace medio siglo de un acuerdo sobre el carbón, nunca más se ha planteado una política energética común. El problema es distinto.
El PP tuvo poder más que suficiente durante dos legislaturas para apostar por la vuelta a la energía nuclear, como han hecho Estados Unidos, Francia, Finlandia, Bélgica, y Suecia, que están construyendo nuevas centrales. Hoy hay en funcionamiento 442 en el mundo y 31 están en construcción. Aportan tan sólo el 16% de la energía que se consume. Y eso que es la más barata y lo seguirá siendo incluso duplicando los sistemas de seguridad, eliminación de residuos e información pública.
En el mundo queda aproximadamente un billón de barriles de crudo por extraer. La estimación no incluye el hallazgo de nuevos pozos, las reservas que los Estados productores mantienen ocultas, la posibilidad de extraer petróleo de territorios que son reservas de la Naturaleza. Tampoco la explotación de pizarras bituminosas que empezarán a ser rentables si el petróleo supera los 75 dólares por barril. Al ritmo actual de consumo mundial estas reservas se agotarían hacia el año 2043 o antes si la demanda de China e India sigue aumentando. El pacto que propone el PP no puede ser a largo plazo si no incluye las inversiones necesarias para conseguir la pila de hidrógeno para automóviles antes de 25 años, la fusión nuclear antes de cincuenta, la obtención de energía de los agujeros negros del espacio antes de cien.