El presidente Bush se dirigió ayer a siete líderes políticos iraquíes en un esfuerzo por controlar la oleada de violencia que amenaza el objetivo de crear un Irak seguro en el que no sea necesaria la participación del Ejército. Se trata de las primeras llamadas diplomáticas que realiza desde el ataque bomba que sufrió esta semana la mezquita chií de Samarra y que ha desatado una oleada de ataques entre suníes y chiíes.
Desde Washington y Bagdad se teme que Irak pueda encontrarse en la antesala de una guerra civil tres años después de la invasión estadounidense que acabó con el régimen de Sadam. La violencia ha supuesto un alto en las negociaciones para la formación del nuevo Gobierno de unidad, un paso considerado clave para desmoralizar a la insurgencia suní y establecer el camino para el fin de la presencia militar estadounidense en el país.
«El presidente felicitó a los líderes iraquíes por su fuerte liderazgo y por sus esfuerzos en calmar la situación así como por sus comunicados contra la violencia», indicó el portavoz del Consejo de Seguridad Nacional de la Casa Blanca, Frederick Jones. Bush «los animó a continuar trabajando juntos para frustrar los esfuerzos de los insurgentes por sembrar la discordia entre las comunidades iraquíes», indicó Jones.
En una llamada que duró aproximadamente una hora, el presidente estadounidense no se dirigió a ninguno de los líderes religiosos iraquíes. Sin embargo, eligió a los líderes más representativos de cada grupo político: el primer ministro Ibrahim al-Yafari, el líder del principal partido chií iraquí, Abdul Aziz al-Hakim, el presidente de la Asamblea Nacional Hajim al Hassani, el líder de la principal coalición suní, Tariq al- Hashemi, al presidente iraquí, Yalal Talabani y al líder kurdo, Massoud Barzani.
Cumbre iraquí
Representantes de los suníes y los chiíes de Irak se reunieron ayer para tratar de calmar la situación en el país y evitar el recrudecimiento de la violencia sectaria que ha causado la muerte de decenas de personas en los últimos tres días. En la reunión estuvieron representados la Comisión de Ulemas Musulmanes (CUM), la máxima institución político-religiosa de los suníes iraquíes, y la corriente del líder radical chií Moqtada al-Sadr.
Ambas partes hicieron un llamamiento a favor de la calma y la unidad nacional, y pidieron a los miembros de las comunidades chií y suní que «trabajen para hacer frente a quienes intentan provocar una guerra interconfesional en Irak», según un comunicado difundido al final de la reunión.
El encuentro, al que no acudieron representantes de la Asamblea Suprema para la Revolución Islámica (principal partido político chií), tuvo lugar en la mezquita Abu Hanifa, en el barrio Al- Adhamiya, cuyos habitantes son en su mayoría suníes.
No acudieron tampoco representantes del Partido Ad Dawa (Llamamiento), del primer ministro el chií Ibrahim al-Yafari, ni el Partido Islámico (PI), principal formación política suní.
Según el ministro de Defensa iraquí, Sadun al Duleimi, al menos 119 personas murieron y más de 60 mezquitas suníes fueron atacadas en la ola de violencia sectaria que sacude el país desde el pasado miércoles.
El caos ha hecho que las fuerzas políticas converjan. Sin embargo, la falta de autoridad efectiva atiza las ansias de venganza de los grupos étnicos y religiosos que intentan paliar los efectos de las últimas matanzas si conseguirlo. Al mismo tiempo, las fuerzas desestabilizadoras aprovechan el desconcierto creando nuevos elementos de tensión.