El resonante éxito popular obtenido por El Nombre de la Rosa de Eco significó el comienzo de la actual inflación de relatos de misterio con temática histórica. Su protagonista, Guillermo de Baskerville, indisociable del magistral Sean Connery de la versión cinematográfica, emplea su demoledora lógica para tratar de aclarar los asesinatos que se suceden en la abadía alpina, con una extraordinaria biblioteca, en la que está recluido con otros monjes para zanjar una de las interminables disputas teológicas de la época. Sagacidad adquirida del personaje real en el que se basa la ficción, Guillermo de Ockham filósofo franciscano celebre gracias a su celebre Navaja. Principio según el cual la explicación más sencilla de un hecho es probablemente la correcta. Aserto vulgarizado en la conocida afirmación de que cuando se oye trotar lo razonable es pensar que se trata de caballos y no de cebras.
Herramienta decisiva en el desarrollo posterior de la ciencia. Imprescindible en el mecanismo de diagnóstico de las enfermedades. El limitado número de signos y síntomas similares mediante las que estas se manifiestan son la expresión de una amplia variedad de entidades subyacentes. Su causa puede ser evidente con facilidad, sin embargo en no pocos casos representan un enrevesado puzzle, con piezas por ensamblar de procedencia diversa. Primero obtenidas con el interrogatorio del enfermo o familiares. El conocido ¿Qué le pasa? Después con análisis, pruebas de imagen o técnicas invasivas como biopsias hasta tratar de encontrar una entidad única que agrupe las, en apariencia inconexas manifestaciones, con la que establecer un pronóstico e iniciar un tratamiento dirigido. Muchos enfermos no portan una etiqueta que identifica su mal cuando consultan. Proceso de razonamiento lógico utilizado en la práctica diaria y en la docencia a través de simulaciones de casos reales en los conocidos ejercicios clínico patológicos como parte de un entrenamiento periódico.
Ahora que la impaciencia es moneda común fruto de una mentalidad generalizada de supermercado o gran almacén con el yo pago, luego consigo lo que me apetece, hay situaciones en la salud en las que pese a la comprensible ansiedad, son necesarios unos pasos y unos tiempos intermedios (de duración distinta según la perspectiva) para confirmar o descartar la presencia de una enfermedad.
Disquisiciones que surgen al contemplar una serie de televisión de notable aceptación, House. Protagonizada por un médico encargado de un novedoso departamento de diagnóstico, de personalidad muy diferente a la que hasta ahora nos tenían acostumbrados, modelos de corrección y abnegación. En este caso se trata de un sujeto que es un compendio de descalificativos. Misántropo, misógino, arrogante, aficionado a los culebrones, de una lacerante agresividad verbal, que continuamente se esfuerza en resultar desagradable con sus colaboradores y cuya cualidad más chocante en el aspecto asistencial es su aversión al contacto con los enfermos. Sorprendente. Armado con un rotulador escribe sobre un panel una lista de datos de enfermos complejos y desgrana las posibilidades de que presente una entidad nosológica concreta, para lo que no duda en proponer tratamientos arriesgados y no exentos de complicaciones fiándose sólo de su intuición y cambiándolos sobre la marcha al hilo de la previsible mala evolución. Labor que quizás desempeñaría de forma más acertada un ordenador que tuviera un programa con estos datos. Con unas relaciones con su directora, impensables en nuestro medio y no digamos con los, en este caso, pacientes familiares de los enfermos que aceptan sin rechistar sus excentricidades.
Serie de factura irreprochable, con una interpretación destacada por parte del británico Hugh Laurie, galardonado este año con el Globo de Oro al mejor actor, con logrados efectos especiales del interior del cuerpo humano, diálogos inteligentes y chispeantes y un ritmo frenético que mantienen despierta la atención del espectador, aunque el aspecto humano, no ya el médico de su ejercicio no sea precisamente un modelo a imitar.