El afán intervencionista de la inmensa mayoría de los políticos es proverbial. Así, muchos liberales imaginamos a los ministros de cualquier gobierno como seres agazapados que cavilan constantemente sobre qué medidas nuevas pueden implantar para que la ciudadanía se percate de su presencia y se sienta lo más cohibida y tutelada posible.Viene esto a cuento de un nuevo parto de los montes de la ministra de Medio Ambiente: se dispone a gravar con un impuesto a quienes posean un todoterreno o un automóvil diesel. Millones de ciudadanos, gratuitamente agredidos, estarán hoy muy irritados con el Ejecutivo. Ello sin duda complacerá a la ministra, que habrá colmado así su ego. Pero no debería el Gobierno jugar con fuego: de estos polvos vienen después los lodos de las sorpresas electorales.