Las compañías tabaqueras se están comportando con absoluta racionalidad económica: la prohibición de hacer publicidad y de realizar actividades de patrocinio ha descargado a esas empresas de una gravosa actividad, lo que ha liberado recursos que se están aplicando a producir una importante bajada de los precios, encaminada a incrementar la demanda. Primero fue Philip Morris, ahora Altadis ha seguido por esa senda. La consecuencia es que el mercado está incentivando la adicción al tabaco de los menos pudientes, los jóvenes en primer lugar. Con lo que se mitigan los efectos benéficos y disuasorios de la reciente ley, que acaba de cumplir un mes en vigor y cuyos resultados han sido considerados favorables por casi todos. Evidentemente, el problema debe remediarse por vía fiscal, y por el procedimiento de gravar la cajetilla con una tasa fija, suficientemente elevada para paliar aquel efecto, aunque decrezca el gravamen proporcional al precio. Y ello ha de hacerse de este modo aunque haya que convencer a los demás países comunitarios para unificar la normativa.