Por si fuera poca la irritación de los ciudadanos no nacionalistas de este país, dolorosamente hartos de presenciar el interminable espectáculo de las exigencias periféricas y de las reformas estatutarias -que, aunque parezca otra cosa, apenas acaban de empezar-, el ex presidente de Cataluña, Jordi Pujol, hombre tenido por prudente y moderado, acaba de pronosticar que el nuevo Estatuto de Cataluña, cuyas líneas maestras terminan de ser pactadas entre Rodríguez Zapatero y Mas, «no será un texto para muchos años». En otras palabras, el nacionalismo moderado, decepcionado por no haber conseguido todo lo que reclamaba, amenaza con reiniciar la batalla reivindicativa dentro de poco. Así las cosas, parece evidente que el aviso no debería caer en saco roto. Y una vez culminada la reforma de los Estatutos, los dos grandes partidos deberían tomarse la molestia de constitucionalizar cuanto antes el resultado. Es decir, de plasmar el modelo en la Constitución, de forma que ya no exista el menor margen de discrecionalidad.