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El desafío del 'eros'
La Biblia sólo cita dos veces la palabra eros. Este relegar la palabra junto con la nueva concepción del amor que se expresa con la palabra agapé, denota sin duda algo esencial en la novedad del cristianismo, precisamente en su modo de entender el amor. En la crítica al cristianismo que se ha desarrollado con creciente radicalismo a partir de la Ilustración, esta novedad ha sido valorada de modo absolutamente negativo (...). Nietzsche expresó una apreciación muy difundida: la Iglesia, con sus preceptos y prohibiciones, ¿no convierte acaso en amargo lo más hermoso de la vida? ¿No pone quizás carteles de prohibición precisamente allí donde la alegría, predispuesta en nosotros por el Creador, nos ofrece una felicidad que nos hace preguntar algo de lo divino? Pero, el cristianismo, ¿ha destruido verdaderamente el eros? El eros necesita disciplina y purificación para dar al hombre no el placer de un instante, sino un modo de hacerle preguntar en cierta manera lo más alto de su existencia, esa felicidad a la que tiende todo nuestro ser (...).Hace falta una purificación y maduración, que incluyen también la renuncia. Esto no es rechazar el eros, sino sanearlo para que alcance su verdadera grandeza.
La caridad
También la Iglesia en cuanto comunidad ha de poner en práctica el amor. En consecuencia, el amor necesita también una organización. El emperador Juliano el Apóstata escribía en una de sus cartas que el único aspecto que le impresionaba del cristianismo era la actividad caritativa de la Iglesia. Para la Iglesia, la caridad no es una especie de actividad de asistencia social que también se podría dejar a otros, sino que pertenece a su naturaleza y es manifestación irrenunciable de su propia esencia.
Iglesia y Estado |
Texto íntegro de algunos puntos de la encíclica.
El orden justo de la sociedad y del Estado es una tarea principal de la política (...). El Estado no puede imponer la religión, pero tiene que garantizar su libertad y la paz entre los seguidores de las diversas religiones; la Iglesia, como expresión social de la fe cristiana, por su parte, tiene su independencia y vive su forma comunitaria basada en la fe, que el Estado debe respetar. Son dos esferas distintas, pero siempre en relación recíproca. ¿Qué es la justicia? Éste es un problema que concierne a la razón práctica; pero para llevar a cabo su función, la razón ha de purificarse constantemente, porque su ceguera ética, que deriva de la preponderancia del interés y del poder que la deslumbran, es un peligro que nunca se puede descartar. La fe permite a la razón desempeñar del mejor modo su cometido y ver más claramente lo que le es propio. En este punto se sitúa la doctrina social católica: no pretende otorgar a la Iglesia un poder sobre el Estado. Tampoco quiere imponer a los que no comparten la fe sus propias perspectivas. Desea simplemente contribuir a la purificación de la razón y aportar su propia ayuda para que lo que es justo, aquí y ahora, pueda ser reconocido y después puesto también en práctica.