Nuestro sistema democrático es, además del desarrollo práctico del régimen establecido por la Constitución, el resultado rutinario de una serie de hábitos informales adquiridos a lo largo de los veinticinco años de recorrido. Los «usos y costumbres» tienen, hoy día, un peso semejante, si no superior, al de las normas que tasan el proceder político y determinan el funcionamiento de las instituciones. En ninguna parte está escrito, por ejemplo, que haya de ser prácticamente imposible gobernar en minoría: quien lo intente, apoyado en la buena fe de los demás grupos políticos, comprenderá enseguida que tiene que lograr pactos estables con alguno de ellos porque si no será objeto de una hostilidad insuperable. Pero eso no es así en todos los regímenes análogos: en Canadá, por ejemplo, el Partido Conservador se dispone a gobernar tranquilamente con sólo 124 de los 308 del Parlamento. Sabe que los restantes grupos -el Partido Liberal, el Bloque Quebequés, el Nuevo Partido Democrático- se comportarán lealmente con él y preservarán la estabilidad si no surgen sucesos extraordinarios.