De aquel aciago trimestre se cumplen veinticinco años. Eran tiempos en que, como ahora con Rodríguez Zapatero, todos se sentían con derecho para insultar, descalificar, zaherir a un noqueado Adolfo Suárez, y a mofarse del sargento chusquero de la política, el franquista sin convicciones que había logrado realizar una obra que desde entonces se encuentra en los manuales de política de todo el mundo. Probablemente no conociera Los partidos políticos, de Duverger ni otros más sesudos tratados de teoría política, pero el tránsito de una dictadura incrustada ya en los genes colectivos del español a una democracia de la que se desconocían todas sus reglas lo lideró con firmeza, lealtad y voluntad de servicio, pese a la calidad de la tropa que le rodeaba.
Los puyazos sarcásticos de un malogrado Joaquín Garrigues, se amalgamaban con los cabildeos de los democristianos, las insidias de los azules y la ambición de todos aquellos barones (Alzaga, Herrero de Miñón, Álvarez de Miranda, Landelino Lavilla, Martín Villa, Fernández Ordóñez ) que en la reunión de la Casa de la Pradera, tras las elecciones de 1979, habían decidido dinamitar al primer presidente de la reciente democracia española. Tampoco los socialistas les anduvieron a la zaga. En vísperas de las vacaciones parlamentarias veraniegas de aquel año, Alfonso Guerra extendió entre los informadores adictos la consigna de que la campaña política que se avecinaba no iba contra la boqueante UCD, sino contra Adolfo Suárez, que de esta manera se convirtió en la pelota de las paletas playeras de aquellas vísperas de ignominia.
Como se verá ahora en todos los libros que hablen de la «versión definitiva» del 23-F, los militares -entonces sí- pasaban el tiempo en conciliábulos golpistas, tratando de rediseñar a su antojo y a la medida de no pocos políticos pusilánimes una democracia que según decían llevaba a España al abismo. Tal era el chirrido de sables, el encono de las posturas, las presiones sobre el Rey y el zarandeo del presidente del Gobierno que Suárez salió un 29 de enero de hace 25 años en la televisión pública -la única que, por lo demás, existía- para anunciar su dimisión. El general Alfonso Armada ya había sido trasladado a Madrid desde Lérida y la operación de limitar la democracia española sin derribarla, acabando con un estado autonómico que iba a quebrar España, estaba en marcha.
Ciertamente la mayor incógnita no es tanto por qué dimitió Suárez, sino cómo pudo aguantar tanto al frente de aquel gallinero, atacado por propios y extraños, oliendo la cercanía de un golpe militar que sin embargo se negaba a reconocer. Todos estaban «dolorosamente hartos por la humillación de la España eterna, etc., etc.» La sobreactuación política llevaba -como ahora- al hartazgo y al miedo. ¿Por qué dimitió Suárez? Como no hay secreto que cien años dure, poco a poco se han ido desvelando las dos causas principales: el intento de evitar un golpe militar que se venía cociendo en diversas ollas castrenses y la explícita pérdida de confianza del Rey en la capacidad de su presidente del Gobierno, razón ésta que supuso el pistoletazo definitivo para el anuncio de la dimisión. Y todo ello trufado con la desafección de «los suyos», enzarzados en luchas cainitas para alzarse con el poder.
Vino luego la travesía del desierto; su fracaso como jefe de partido político, y con sus tremendos dramas familiares, su deseo de mandarlo todo al diablo y refugiarse en la demencia senil o en el alzheimer para olvidar tanta doblez y tanta traición. Ahora es el turno de los elogios a un muerto en vida, a aquel que iba a despeñar a España por el precipicio. Pero muchos pensamos que si el olvido le diera un segundo de lucidez seguramente nos mandaría a todos a hacer pipas de barro, a hacer puñetas o más directamente a tomar viento.