La primera encíclica de Benedicto XVI, a los nueve meses de su elección, revela un Papa perspicaz que a la hora de elegir qué mensaje lanzar a la sociedad actual ha detectado los principales puntos de fricción y contacto con la Iglesia. Uno es el amor y el erotismo, un asunto en el que muchos creyentes y no creyentes se sienten especialmente lejos de los postulados del Vaticano. En cambio, la actividad humanitaria y asistencial católica es la que suscita más simpatías y un reconocimiento casi unánime, al margen de ideologías.