Chirac, el pacifista, está cada vez más desorientado en su propio país, donde ha alcanzado ya cotas de rechazo popular sin precedentes en el recorrido de la V República. Y, preocupado por las críticas que recibe por el elevadísimo costo que supone mantener la fuerza de disuasión nuclear -la célebre force de frappe-, justificable en los tiempos ya lejanos de la bipolaridad pero muy difícil de argumentar ahora, se ha adentrado por parajes ideológicos muy delicados: el armamento nuclear podría utilizarse como respuesta a las agresiones desencadenadas por países terroristas o en posesión de armas de destrucción masiva. Algo que ni siquiera Bush se ha atrevido a hacer ni en Afganistán ni en Irak.
Algunos han interpretado -equivocadamente- que se trata de un aviso a ciertos regímenes, como Irán o Corea del Norte. Otros -como el prestigioso Le Monde- creen que el disparate se debe sobre todo al mencionado afán de defender ante sus escépticos conciudadanos el derroche presupuestario que representa está última concesión a la grandeur. Porque, como el propio Chirac ha reconocido en ocasiones de mayor lucidez, la lucha antiterrorista requiere apenas un reforzamiento de los aparatos policiales, de inteligencia y de seguridad, así como una mucho más estrecha cooperación internacional en el terreno de la información. Esgrimir armas nucleares contra las huestes de Bin Laden es, materialmente, como matar moscas a cañonazos.