Tengo la ligera sensación de que aquello que se decía de «Año nuevo, vida nueva» no es del todo cierto. Que a lo mejor se está en ello, no lo voy a negar, pero que será muy en potencia, algún día porque lo que corre por estos lugares en este tiempo es, como estamos acostumbrados a ver, más de lo mismo: Año nuevo, sigamos consumiendo . Por lo pronto, tras la vuelta de Reyes, al día siguiente y sin tardar nos da a todos y a todas, la pasión de los gavilanes que nos lleva a levantar el vuelo del consumismo por los cuatro costados, como si en los días anteriores, los de Navidad, nos hubiéramos dedicado a apretarnos el cinturón y a alejarnos del mundanal ruido. No hay que olvidar que el triángulo Navidad-Reyes-Rebajas es un eje tradicional asumido en los ciudadanos como un ciclo que hay que cuidar con esmero, practicarlo y tenerlo en cuenta para poder organizar todo el andamiaje que llevamos a cuestas. Sin embargo es enero un mes bullicioso, caliente aunque sea frío, un tiempo para llenar las bolsas, acudir a las grandes y pequeñas superficies a probar suerte, a tirar a la diana y a conformar la tradicional peregrinación de consumidores dispuestos a darle una puñalada a la cartera, o mejor a la tarjeta de plástico, a echar la firma y guardar papeles en el cajón de las sorpresas o dejarlos por algún sitio. El otro día, por ejemplo, me encontré en una sala de espera de una consulta médica, sobre la mesa de las revistas, con dos justificantes de compra abandonados -imagino que al azar-, como si tal cosa, y la curiosidad me llevó a ver de qué iban los papeles; por lo que pude comprobar de objetos de marca, un reloj y una camisita fashion, los dos valían tropecientos euros; por un momento pensé lo que se podría hacer con esas cantidades en una familia del montón, con varios hijos que tienen que tirar para adelante y subir la cuesta de enero
De igual modo leía en un reportaje de un periódico, que España es un paraíso de las compras, que la intención de compra en estas última fiestas, respecto al mismo período de 2004, en nuestro país ha crecido, por encima de otros países europeos, como Reino Unido y Francia o Alemania, y al mismo tiempo la percepción que tenemos, en nuestro país, sobre los gastos que se hacen en estas fechas, al parecer no se ve como que nos puedan traer problemas o meternos más allá en situaciones poco digeribles. Es decir, hay un deseo de consumir, con más o menos agrado, placer y con el sentimiento de que se hace lo que se debe. Es curioso ver cómo valoramos el consumo, estamos en una relación de dependencia que nos lleva a estar continuamente maquinando y apostando por una marca, una tendencia, una moda, un objeto, un símbolo, un tener que nos llena los ojos y hasta el corazón.
Y es que no nos alarmamos por practicar el consumismo, es algo que está bien visto, generalmente, además de ser un auténtico rito asociado a determinados personajes. Por ejemplo, es altamente reforzador ver cómo todos los años las Rebajas de unos grandes almacenes, cuyo nombre todos conocemos, las suelen presentar actores y actrices o series de impacto audiovisual-televisivo. Basta recordar cómo a las rebajas nos llevaron de la mano la pareja del Cuéntame, Antonio y Mercedes, por ejemplo, o la madre de Los Serrano, Belén Rueda, y este año le han incorporado una gran dosis de calidad, ¿recuerdan lo de «Quién es ese hombreee ?» ¿claro¿, el de la Pasión de gavilanes que -dicen los entendidos- ha abonado el terreno para que otras cadenas como Tele 5 copien este género de moda, con una nueva que se llama Amor en custodia. Quizás serán ellos los que el próximo año nos recordarán que pasemos por el templo y sigamos practicando esta nueva religión del consumo, que hará que de nuevo, en enero, levantemos el vuelo de los gavilanes, sigamos comprando por doquier y a toque de publicidad, mientras cada día aumenta el número de personas que las pasan canutas para subsistir y, a la vez, comprobamos cómo aumenta la desproporción entre los que no tienen nada para comer y los que tiran y derrochan el dinero de forma apasionada.