El Centro Democrático y Social (CDS), aquel partido-bisagra fundado por Suárez cuando ya la UCD estaba a punto de pasar a mejor vida, acaba de desaparecer oficialmente: el Partido Popular aprobó el pasado lunes la integración de sus restos en su organización y el ingreso de su presidenta actual en la junta directiva nacional del PP. La noticia, que ha pasado prácticamente inadvertida, confirma sin embargo un dato negativo de nuestra democracia: el fracaso definitivo de los partidos-bisagra, de las terceras vías centristas de ámbito estatal que, a la manera del Partido Liberal alemán (FDP), pueden inclinar la balanza a un lado o al otro, sustituyendo con ventaja a las formaciones nacionalistas o a las fuerzas extremistas. Suárez, con bien pocos apoyos -hay que mencionar el del desaparecido Rodríguez Sahagún-, logró dar en los años ochenta cierta envergadura parlamentaria a su partido, que pudo llegar a tener cierta influencia, pero pronto se desmontó el espejismo: las dos grandes fuerzas están demasiado solapadas y su pugna es demasiado intensa como para que queden vacíos algunos espacios intermedios.