Entre las muchas experiencias que Antonio Tomás Lloret Mauri ha vivido en su viaje a Cuba, desde donde regresó al filo de las Navidades, figura la de sentir un huracán, el Wilma, en primera persona. Aunque su vivencia no fue nada traumática: «Con las ventanas cerradas, que no son ventanas, sino una especie de persianas venecianas, apenas se sentía nada; veías que las palmeras se movían y que las nubes corrían más de lo normal».
Lloret vio in situ «las calles contiguas al malecón de La Habana inundadas, cuatro calles, que son las que se ganaron al mar, pero no pasó nada más, aunque hubo olas de hasta cinco metros».
Según el estudiante de Arquitectura Técnica, «la preparación de los meteorólogos, que detectan al milímetro dónde se va a producir el huracán y se toman medidas», contribuyó a que no pasara nada.
Una más de las circunstancias por las que el joven arquitecto ha regresado sorprendido de la visión directa de una Cuba de la que dice «hay que mirar sin prejuicios».