Principales síntomas
• Sentimientos de tristeza, repentinos ataques de llantos o falta de respuesta emocional
• Falta de ganas para hacer cosas y anhedonia o incapacidad para sentir placer
• Indefensión, desamparo y/o desesperanza
• Pérdida de afectividad
• Sentimientos de soledad o deseos de estar solos y de culpa
• Falta de autoestima y de motivación
• Sensación de cansancio y cambios en el patrón de sueño
• Pérdida o aumento del apetito. • Problemas digestivos
• Dolores de cabeza. Algunos cambios que se pueden desencadenar
• Distanciamiento de las personas a las que se quiere.
• Descuido del aspecto físico
• Abandono de responsabilidades sociales, laborales y/o académicas
• Irritabilidad y malhumor
• Agobios por la incapacidad de enfrentarse a las tareas diarias.
Soledad, estudiante de 20 años
«Aprendí nuevas pautas de pensamiento y a tener más autocompasión»
Soledad, nombre ficticio que decide adoptar esta joven de 20 años para no desvelar su identidad, porque «la sociedad aún señala a las personas que han sufrido o sufren trastornos mentales», cuenta en primera persona cómo ha vivido y superado una depresión que le cambió por completo sus hábitos de vida.
«Siempre he sido una persona muy perfeccionista, hiperresponsable y con muy buenos resultados académicos. Al pasar del colegio a la Universidad comencé a pensar que pasaba a una vida adulta, que ya no era una niña, y tenía mucho miedo porque lo que venía iba a ser muy difícil. Paulatinamente, fui cayendo en un estado de tristeza continua que acabó siendo una depresión con síntomas de ansiedad.
Como me gustaba la Psicología pensé en aprovechar y leer todo lo que me sirviese para salir de ese estado, pero al final la ayuda de un profesional fue imprescindible. Estableces una relación con el psicólogo que se basa en la confianza. Él es quien te hace ver aquello de lo que ni siquiera te das cuenta.
En mi caso, me ayudó a identificar pautas de educación que debía cambiar: siempre quería dar el 100 por 100; como académicamente era muy buena creía que todo se podía arreglar con el pensamiento; le daba muchas vueltas a todo, etcétera. Para saber qué hay que cambiar hay que remontarse a los orígenes que te han llevado a esa situación. En mi caso, haber sido una niña mimada, superprotegida (mi madre siempre retrasaba el momento de que sus hijos se enfrentasen a algo triste o desagradable); me influía mucho la opinión de los demás y siempre quería caer bien a todo el mundo. Por ejemplo, el cambio del colegio de monjas al que había ido desde Parvulitos, donde todo el mundo me conocía, a la Universidad, donde conoces a mucha gente nueva y no a toda le caes bien, me afectó mucho. Siempre había necesitado que me dijesen lo buena y maja que era y eso ahora estaba cambiando.
Una vez identificado todo, tuve que aprender nuevas pautas de pensamiento y, sobre todo, de comportamiento, a relativizar, me permitía no culparme por los fracasos y empece a tener más compasión conmigo misma. Sin duda, para salir de un estado de este tipo no hay nada mejor como ponerse en marcha y pedir ayuda a un profesional porque merece la pena salir de un estado depresivo, ya que te cambia la vida totalmente y aprendes a ser más feliz.
Es normal que, en ocasiones, ante ciertas pérdidas o problemas importantes nos sintamos desganados o tristes, pero cuando esos episodios son muy frecuentes, perduran en el tiempo y no nos permiten seguir con nuestra actividad cotidiana podríamos estar pasando por un estado de depresión –que siempre es activado por alguna causa importante-.
Este trastorno mental, uno de los más relevantes entre la población que presenta problemas psicológicos, afecta a entre el 6 y el 10% de los españoles, porcentaje que aumenta si estudiamos la proporción de personas que a lo largo de su vida desarrollará esta enfermedad hasta un 15% aproximadamente.
Por sexos, la diferencia varía mucho: tan sólo entre un 5 y un 12% de los hombres padecerán de depresión a lo largo de su vida frente al 10 y el 26% de las mujeres. Curiosamente, en todos los países y en todas las razas este trastorno afectará al doble de mujeres que de hombres.
María Márquez, profesora de Psicopatología y Técnicas de Intervención Psicológica de la Universidad Autónoma de Madrid, explica que esa desigualdad por sexos se debe fundamentalmente a factores socioculturales, como las diferencias en el proceso de socialización y educación de hombres y mujeres, y otros factores sociales que moldean los diferentes estresores y oportunidades que tienen unos y otras, si bien no pueden descartarse factores biológicos de tipo hormonal, ya que hay momentos en la vida de una mujer donde es más vulnerable (pre y posparto, por ejemplo)
Factores de vulnerabilidad
«Seguimos siendo educadas con una orientación más marcada a lo social, al vínculo afectivo, a la dependencia de otras personas, a la comunicación con los demás, algo que nos hace más vulnerables a la influencia de los otros. También somos más ‘rumiativas’, cuando tenemos un problema nos encerramos en nosotras mismas y nos preguntamos continuamente por qué nos ha podido pasar, si hemos sido las culpables, etcétera. Todos estos factores nos hacen más propensas a sufrir una depresión», asegura.
Mientras esto sucede, los hombres son educados en la autonomía y la independencia: «Ante un sentimiento de tristeza, ellos tienden a sustituir los llantos por la ira y los enfados y, en lugar de quedarse en casa, es más probable que se distraigan saliendo o haciendo actividades que les ayuden a evitar el sentimiento de tristeza. Entre estas actividades puede estar el consumo de sustancias como el alcohol».
Tampoco se deben olvidar los factores sociales. La mujer puede ser trabajadora, ama de casa, madre, cuidadora de padres que a veces padecen alguna demencia, etcétera, y «compatibilizar todos esos roles, que además son fuentes de estrés que pueden contribuir a despertar un estado depresivo, llega a ser bastante complicado y duro», indica Márquez.
Sin incidir ya en la diferencia sexual, la vulnerabilidad de una persona a padecer una depresión viene predispuesta por lo que vamos aprendiendo: formas de funcionar, de resolver los problemas, creencias sobre las cosas... Así, alguien que tienda a interpretar que los éxitos que tiene en su vida se deben a la suerte y que los fracasos, sin embargo, son por su culpa, será más proclive a caer en ese estado.
De este modo, será la respuesta de una persona ante una situación la que la predisponga o no a padecer un estado depresivo. La persona será más vulnerable si, en lugar de enfrentarse al problema, se distancia, lo evita, se para en «la cuneta de la carretera de su vida» y no deja de pensar en ¿por qué le ha tocado a él? Por ello, intentar salir hacia delante mediante acciones dirigidas a metas personales, ese «tirar para delante» que aconsejan los buenos amigos, es importante.
Dejarse ayudar
«Una actitud que nos vacuna contra la depresión es ser muy conscientes de que la vida no es un jardín de rosas y a veces lo vamos a pasar mal. De ese modo, cuando nos toque no nos pillará por sorpresa y no sucumbiremos a la inactividad y la pasividad, respuestas que son las que nos llevan directos a la depresión», aconseja Márquez.
Familiares y amigos podrán intentar reactivar a la persona depresiva, si ésta se deja ayudar: «Hay que estar los más cerca posible de ella, buscar momentos para la intimidad para facilitar que esa persona nos cuente lo que le sucede (nunca abordarle directamente porque puede cerrarse aún más), demostrarle afecto y descubrir sus emociones», explica la experta.
Pero la primera ayuda, la más importante, depende del propio afectado que debe seguir con su agenda vital. Trucos para lograrlo: practicar alguna actividad física, abrirse emocionalmente y buscar consejo para solucionar los problemas reales que le aquejan, y que le han llevado a ese estado depresivo, para afrontarlos y zanjarlos. Cuando ya uno por sí mismo no es capaz de salir, siempre debe acudir a un experto.
Realizar actividades que nos hagan disfrutar, tomarnos la vida con sentido del humor, crecer en experiencias positivas o descubrir nuestras fortalezas para hacerlas crecer son, sin duda, la mejor receta para no caer en un estado del que, a pesar de la efectividad de una buena terapia, cuesta salir.