- Comentaba en su explicación sobre El Avaro que Molière estaba muy limitado a la hora de hacer crítica social. Reyes, curas y aristócratas eran intocables. La denuncia social no ha perdido actualidad pero ¿y la mordaza?
- Yo creo que, de alguna manera, seguimos amordazados porque no podemos hablar de determinadas cosas si queremos vender los espectáculos. Ahora hay un control evidente en el teatro, hay que pasar tres o cuatro cribas antes de empezar a venderte. Por eso me gustaría tener mi propio teatro y demostrar que, con poco dinero, se pueden hacer cosas muy bonitas y una buena programación.
- ¿Y cuál es el problema?
- El problema es la inversión inicial, porque el resto viene solo. Cuando estuvimos en la Posada del Rosario logramos llenarla durante veinte días seguidos y nuestro paso por los institutos siempre se nos ha dado muy bien.
- ¿Falta iniciativa privada?
- Falta iniciativa privada y pública. La gente prefiere comprarse un todoterreno antes de pagar cultura a sus hijos. En esta sociedad actual la cultura sirve para aprender dónde gastarse el dinero. La cultura es económica, no para el crecimiento personal. Dicen que la cultura no tiene rentabilidad y aquí entra El Avaro. La sociedad está escasa de valores y no quiero resultar fatalista, porque cualquier persona vinculada al teatro que tenga perspectiva sabe que las cosas van cambiando: ahora tenemos más trabajo, las condiciones laborales son mejores..., aunque eso sí, las compañías nos lo hemos currado. No obstante, creo que la sociedad tiene que avanzar en el aspecto de los valores y pensar un poco más en qué invertimos nuestro tiempo libre y nuestro dinero.
- Lleva treinta años vinculado a la escena. ¿Qué diferencia hay entre las primeras funciones y las de hoy?
- La libertad con la que nos tomamos las cosas, la mirada que hacemos despojada de prejuicios, no tan ingenua... Antes éramos más fieles a los textos de los clásicos, los representábamos tal y como estaban escritos, pero hoy nos vemos en ellos, tratamos de entresacar lo que nos resuena de lo que se escribe. Lo que hace la experiencia en este campo es darte un poco más de libertad creativa y capacidad de equivocarte en la búsqueda. A nosotros los teatreros nos pasa como a los payasos: que cuanto más mayores nos hacemos, más pequeños queremos ser. En el caso, primero de Cómicos, después de Eureka, lo que nos ha dado muchas tablas han sido los cuentacuentos. Diez años preparando en muy poco tiempo nueve representaciones y dramatizaciones que hemos llevado a colegios, institutos, bibliotecas... Más de quinientas representaciones que nos han dado muchas tablas porque, desde siempre, a los niños nos los hemos tomado muy en serio.