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EL PAMPANEO

Las boticas

12.11.09 -
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Ayer les decíamos en estas páginas que hay más de mil aspirantes a tener una botica, o, si lo prefieren, una oficina de farmacia, que es el nombre técnico de estos despachos, aunque la burocracia que soportan, de acuerdo con normas administrativas que afectan a cualquier actividad pública, no justifique el nombre. Lo de oficina hay que aceptarlo en estricto sentido académico, por su condición de lugar donde se ordena, trabaja o se hace algo. En todo caso están muy lejos los establecimientos de hoy de aquellas boticas galdosianas del otro siglo, con el mancebo erigido en un personaje casi mágico elaborando fórmulas magistrales, y un olor peculiar en un pequeño espacio, un olor químico, penetrante y ácido, y la cornisa con cuatro tarros violeta, decorados en purpurina y con etiquetas solemnes, y hasta inquietantes, Cyanide, Arsenic, Heroin, Strychnine, toda una cultura del veneno y desde luego un rincón para la rebotica que podría justificar el casticismo de La verbena de la paloma y sus tipos, el género chico, y la balanza, los tubos de ensayo, los morteros. Todo lo que inspiró uno de los libros albaceteños mas entrañables, los Poemas de la farmacia, escritos por Francisco del Campo, un periodista inolvidable que, sin ser albaceteño, se arraigó en esta tierra cuyo aliento supo captar con gran ternura y emoción en infinidad de artículos y en sus libros. No es difícil recordar sus versos de la farmacia de guardia. «¡Oh, farmacia de guardia en la pequeña/ capital de provincia!.. Desde el viejo casino han preguntado/ si quedaba aspirina/… El bostezo -bostezo tras bostezo-/compra una tontería/ bicarbonato, algún calmante, nada/ Todo en la rebotica/ dispuesto está para el cumplido/ menester de la prisa/ El reloj de la plaza da unas horas/ terriblemente frías…/Algún trasnochador con el mancebo/ su charla compagina/ Más horas y ya un claro melancólico/ de acuarela aterida/ hace pesadamente insoportable/ este esperar el día./ Alguna vieja incierta y laminada/ de vuelta de la misa/ entra a comprar los consabidos polvos/ para el mal de gallinas…/ La doméstica torpe y legañosa/ que a voces solicita…/Oh. farmacia de guardia en la pequeña/ capital de provincia».
No sé si los farmacéuticos están para poesía, pero sospecho -sin que esto signifique ignorar su personalidad intelectual, su origen universitario o su equipaje cultural- pero a juzgar por las declaraciones de sus representantes, no tienen tiempo que perder ante las dificultades que afectan a una actividad cuyos márgenes se han visto reducidos sensiblemente, mientras detectan un descenso de las ventas.
Sin embargo, que un millar de profesionales se propongan obtener una botica dice mucho de un sector tradicional e indispensable..
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