La penúltima noticia sobre Garzón se refiere a las quejas que el Colegio de Abogados de Madrid ha acordado elevar a diversos organismos judiciales por las escuchas, presuntamente ilegales, a los abogados de los imputados en el caso Gürtel ordenadas por Garzón. Es la última incidencia sobre el superjuez, cuyas actuaciones se siguen con interés en Albacete, donde se recuerda su lanzamiento político en nuestra ciudad, cuando José Bono lo fichó como número 2 en las elecciones. Me parece curioso rescatar el acuerdo histórico que supuso el debut del magistrado aquel 8 de mayo de 1993, que fue un verdadero acontecimiento nacional, dada la personalidad del magistrado. A Garzón lo rodaron aquí, antes de llevarlo por el resto del país en la campaña. Sin pretenderlo, la organización siguió la pauta de aquel magnífico Cultural Albacete dirigido por Antonio Yébenes, de estrenar en nuestra capital obras que después recorrerían España, convirtiendo el Teatro Circo en un auténtico banco de pruebas. «No voy a hacer un mitin», dijo en la víspera del acto, «solamente quiero explicar las razones de mi decisión de incorporarme a la política». Llamaron a don Baltasar el candidato sorpresa. Tengo anotada una de sus frases, que viene al pelo de la actualidad. «Los corruptos deben ser desterrados de la política», dijo. Al término de la comparecencia, entre el público que le aplaudía -un tío se le acercó y gritó «¡vivan tus cojones!»- mostró su satisfacción por la cariñosa acogida que le dispensaban y después se reunió con algunos cargos del partido en un breve encuentro por la coincidencia de cumplir el presidente, al que obsequiaron con una tarta, diez años de mandato. regional. Escribí la crónica del acto, que titulé Baile del debutante, señalando que Garzón había pronunciado un discurso al baño María. «No hubo pasión dialéctica pero se metió al gentío en el bolsillo. Hizo toreo de salón, un repertorio de pases culto y formal. Suavidad del vals en el baile del debutante. Bailarín de academia que no arrebata pero que interesa».
Como en Casablanca, todo parecía ser el comienzo de una buena amistad. El show político fue, en efecto, muy emotivo y aunque no era presumible entonces una ruptura, todo terminaría como el rosario de la aurora. Tras el triunfo electoral, al juez superestrella le dieron un alto cargo, pero fue sólo el vuelo fugaz de un cometa. Garzón y Felipe González, que habían atado un lazo rojo en un roble, y José Bono, que facilitó el idilio, se devolvieron las fotos y las cartas. El romance había terminado. ¿La culpa fue de un Ministerio frustrado? Eso dijeron.