Posiblemente, tirando del hilo, todo comenzara con una boda fastuosa fuera de los cánones de lo estéticamente admisible. No pocos analistas aseguran que aquella ceremonia desproporcionada de la hija del presidente con Alejandro Agag en el monasterio de El Escorial fue el principio del fin de la consideración pública hacia José María Aznar. Una ceremonia en la que saltimbanquis comisionistas acudían de testigos, con un Berlusconi en sus momentos de esplendor o un Briatore alzado al nuevo Gotha desde su aspecto de millonario macarra de discoteca. Es lógico que el jefe de la trama Gürtel,Francisco Correa, ante tal panorama de poder le instara a su contable a que en la contabilidad B de la trama le llamara Don Vito así D.V.I.T.O., en alusión a Don Vito Corleone, el capo de la mafia retratado magistralmente por Francis Ford Coppola en la película ElPadrino.
Los 17.000 folios dados a la luz del extenso sumario de la trama Gürtel ponen de relieve algunas certezas y no pocas vergüenzas. Pese a que la opinión pública española parece inmunizada contra el escándalo que deberían producirle los numerosos casos de corrupción que recorren transversalmente nuestras instituciones, hay suficientes motivos para un enrojecimiento colectivo ante las obscenidades que descubre el trozo del sumario conocido. Y no tanto por lo que se descubre sino por la actitud pública de los implicados denostando de un juez, Baltasar Garzón, al que pusieron de vuelta y media, insultaron gravemente y trataron de desgastarlo ante la opinión pública utilizando todo tipo de argucias. Pero... Ellos sabían que Garzón sabía, y aún así, siguiendo a pies juntillas el plan de defensa ideado por Federico Trillo, pusieron el ventilador sobre la bosta para que salpicara de desconfianza al Ministerio del Interior, a la policía, a la fiscalía y a los medios de comunicación, con tal de amparar a los presuntos culpables y sus encubridores.
Cuando se hablaba sólo de unos simples trajes (»¿Usted se paga sus trajes, señor Camps?», le preguntó a bocajarro Ángel Expósito, director de ABC. «Claro -respondió con una risita nerviosa e insegura el interpelado-. Yo me pago mis trajes»), la cúpula del PP ya sabía que los cortes de Milano o los bolsos de Vuiton no eran una fruslería sino la punta del iceberg de una trama en la que un grupo no menor de políticos se había enfangado por codicia personal o por afán de medrar en política, contagiando su propia corrupción a las arcas del partido. Se suele sostener que el principal obstáculo para luchar contra la corrupción es la indiferencia de la sociedad, precisamente la indiferencia que el martes les pedía Mariano Rajoy a los militantes populares, demostrando una vez más que está dispuesto a encarnar el tancredismo que lo mantiene por debajo de la popularidad del presidente Rodríguez Zapatero pese a que el PP supera en cuatro puntos a los socialistas en intención de voto.
Pero nadie ha dimitido, ni Camps, ni Ricardo Costa, ni Ana Mato (secretaria de organización, no se olvide) ni los meandros hacia Castilla y León o hacia Galicia. Quizás ahora se entienda mejor la actitud del ex tesorero Bárcenas: por qué iba a comerse él solo el marrón con todo lo que sabía. Sólo cuatro alcaldes de la comunidad de Madrid y un consejero del Gobierno regional salieron disparados de sus puestos poniendo de manifiesto lo cerca que andaba la trama de la presidenta madrileña Esperanza Aguirre y los reflejos políticos de la lideresa en quitárselos de encima.
Estamos hablando de 17.000 folios que no ha dado tiempo a leerse en su integridad y de otros veinte mil o treinta mil que irán saliendo. Hay revelaciones para rato. Quien piense que este episodio tiene sus días contados es un iluso. Como la crisis al Gobierno, este escándalo llevará al PP hasta las puertas de las elecciones. Al tiempo.
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