Albacete es una ciudad de cine desde aquel día de 1897 cuando vino al Liceo un hombre con un extraño aparato y presentó al público, absorto ante el prodigio, una colección de imágenes que en realidad eran el comienzo de una fascinación histórica, porque desde entonces cada hijo de vecino conocedor de aquella exhibición de ciencia recreativa estaba dispuesto a vender el colchón para ver una película, como antes se decía de las corridas de toros. Era nuestro primer contacto con lo que pronto se reconoció como séptimo arte, que en las barracas de la feria se llamaba «cuadros disolventes», imágenes en movimiento que ya habían popularizado los hermanos Lumiére paras asombro de los franceses. Luego abrieron el Teatro Circo, y allí comenzó un idilio que sigue vivo, el gran espectáculo de la pantalla. Después nació el Cervantes en las Cuatro Esquinas que en diciembre del 31 estrenó el primer film sonoro en Albacete, El general Crack, con John Barrymore. Los títulos iniciáticos en aquellas salas contribuyeron a fomentar la afición, y el cine ya fue imprecindible si se buscaba un gramo de evasion, después de una experiencia teatral intensa, permanente, y el desfile de grandes figuras por los distintos escenarios, porque se abrirá el Capitol en el 34 y ya todo sera coser y cantar en años sucesivos mientras se van instalando cines -luego se cerrarán con la misma rapidez- hasta llegar a la apertura de infinidad de locales de pequeño formato en las llamadas grandes superficies, algunos de ellos vigentes.
Yse puede hablar también de creatividad, porque algunos aficionados, en pleno impulso del género, inmediatamente ensayan su propia producción, como ocurrió con el documental Albacete ante la pantalla presentado en aquel tiempo con gran éxito. La influencia del cine en una sociedad con los ojos bien abiertos se intensifica, y la ciudad asiste a su evolución ensimismada; es ya cómplice de algo que ha cambiadlo sus hábitos. Ir al cine forma parte de una costumbre decididamente arraigada. El cine como experiencia intelectual, se traduce en la fundación de cine clubs, Albacete admira y comenta las grandes producciones, se familiariza con nombres que serían míticos de grandes estrellas, no sólo de Hollywood, que se lleva la palma, sino de actrices y actores españoles que serán muy famosos. Hablar de directores acreditados también es familiar. La evolución tecnológica se sigue con interés, el color en seguida es habitual, los cambios de sistemas seducen a la multitud que les presta atención. Las salas contribuyen a este fenómeno incorporando a su programación todas las novedades.
O sea que a la ciudad le viene de casta la ya vieja pasión por el formidable universo del celuloide. Por eso no es de extrañar su expectación si se registra un hecho cinematográfico importante como fue la aparición de Abycine en el panorama cultural de la ciudad. Estos días, su director, José Manuel Zamora, presentó la XI edición de su Festival, del que nuestros lectores ya han tenido puntual información en estas páginas, y que se inaugura mañana. Es un acontecimiento que tiene rango internacional, con la presencia del actor norteamericano Matt Dillon y el guionista Barry Guifford, y un decidido apoyo oficial, como no podía ser menos tratándose de un evento que marcará la actualidad artística de Albacete en sesiones sucesivas.Todo ello nos anima a apostar con entusiasmo por su prometedor futuro.