Pero, incluso siendo así, por lo menos debemos exigir que en el nudo de marras se vea el perfil de cada hilo, para que el espectador no termine ahogado por tanto lazo, y eso precisamente, el perfil, es lo que en Los hombres de Paco resulta inaprensible. Al principio, la serie era expresamente cómica; tan expresamente cómica que la productora tuvo que incluir un cartelito diciendo que su propósito no era reírse de la Policía española (ah, ¿no?), sino al revés, homenajearla. Como eso del homenaje no resultó muy creíble, el planteamiento de la historia giró hacia contenidos más dramáticos: seguía habiendo un permanente color humorístico, pero aquello se iba pareciendo a una serie policial.
Después, sin embargo, la cosa volvió a girar hacia... ¿Hacia dónde? Esto es lo que yo no he entendido todavía, sin duda por la escasez de mis luces. La otra noche prescindí de mis gustos, dejé de ver House (que ya hablaremos de éste otro día) y traté de seguir Los hombres de Paco. Vi una serie de escenas en flash-back conectadas por el relato de dos de los policías, ambos envueltos en sendas camisas de fuerzas y encerrados en una blanca habitación acolchada.
Si se trataba de expresar gráficamente cuál es la imagen que el espectador ha llegado a hacerse de esta serie, el vestuario no podía estar mejor escogido. Después, dos señoritas se besaban apasionadamente, escena que ya habíamos podido ver un par de capítulos atrás. Y bien, sí: muy llamativo, muy eficaz visualmente, muy bien pensado para atrapar la atención del espectador, pero ¿Qué nos quieren contar? Esto es lo que nadie podría contestar con solvencia. Los hombres de Paco parece haber entrado en una fase en la que ya no tiene nada que decir, de manera que, para alargar la vida del producto, se limita a repetir sus propios gags envolviéndolos en la estridencia de unas cuantas escenas particularmente ruidosas. Moraleja: también las series tienen que saber retirarse a tiempo.





