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Sociedad

RELACIONES HUMANAS PESIMISMO
Ponerse en lo peor
Los optimistas son más felices y gozan de mejor salud pero son menos prácticos a la hora de anticiparse a los reveses de la vida
03.12.07 -
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Está claro que los optimistas disfrutan más de la vida, gozan de mejor salud y son más felices que los pesimistas. Pero cuando se trata de resolver un problema o tomar una decisión en la vida práctica, ¿cuál de ellos tiene más probabilidades de éxito y de acierto? Martin Seligman, uno de los padres de la psicología positiva, reconoce que en estos casos el pesimista lleva las de ganar. «En circunstancias normales -afirma-, las personas felices tienden a tener en cuenta exclusivamente sus experiencias pasadas positivas, mientras que las menos felices se muestran más escépticas». El individuo confiado, que se inclina a pensar en el lado bueno de las cosas y de las personas, baja la guardia, queda desarmado ante la aparición de obstáculos imprevistos, no ha desarrollado suficientes mecanismos de defensa para vencer las dificultades. Los suspicaces, los recelosos, los propensos a creer que cuando algo puede salir mal acabará tarde o temprano saliendo mal, adoptan en cambio actitudes más precavidas que en muchas ocasiones les permiten anticiparse a los reveses y por tanto actuar con más seguridad.

Es lo que la psicología denomina «realismo depresivo»: una especie de estado de consciencia que acerca al pesimista a la verdad objetiva desde el momento que tiene en cuenta más informaciones sobre las cosas. En las situaciones de mayor abatimiento, la realidad se presenta a nuestros ojos como una amenaza. Si vamos a ponernos al volante del coche, pensamos en las muchas probabilidades de sufrir un accidente de tráfico. Si nos enfrentamos a un examen, tememos que cualquier error nos lleve al suspenso. Gracias a ello respetamos más las normas de circulación y repasamos detenidamente los temas que pueden caer en la prueba. Somos más realistas, manejamos más y mejor información previa, mantenemos desplegadas todas las antenas que nos advierten del peligro o del error.

En consecuencia, las decisiones habría que tomarlas en estados de alerta, no en momentos de euforia. La alegría es mala consejera, porque crea una falsa «ilusión de control» que induce a actos temerosos o inconscientes. Todos conocemos ¯en la vida privada pero también en la actividad pública¯ sujetos exageradamente confiados que, imbuidos de una creencia irracional en la buena suerte, han acabado fracasando a causa de su imprevisión. La generalizada idea de que «esto no me puede pasar a mí» refleja la tendencia de la mayoría a cerrar los ojos ante informaciones que les pudieran causar preocupación, tristeza o temor. El realista depresivo, apoyado en un patrón de respuesta más activo, dispone de esquemas mentales más completos que, aunque den prioridad a las peores previsiones, abarcan un mayor número de posibilidades. Sus juicios tienen en cuenta más contingencias y están más ajustados a la realidad.

Pero la eficacia del «realismo depresivo» ¯lo mismo que «ponerse en lo peor», en cierto modo¯ tiene un alcance limitado. Puede dar buen resultado en ámbitos de decisión donde el sujeto actúa sobre situaciones delicadas, que afectan a un alto número de personas o donde no hay margen para el aventurerismo frívolo. Un padre de familia no puede llevar a los suyos de vacaciones a un paraje inhóspito de alta montaña, al igual que un gestor de empresas debe calcular todos los riesgos de sus inversiones antes de emprender iniciativas alocadas. En ambos casos es preferible ponerse en lo peor que arriesgar la vida o los puestos de trabajo de otros. Cuando el realismo depresivo es sinónimo de prudencia, conduce a buen fin.

Sin embargo, muchos de los especialistas que reconocen la conveniencia de cierto punto de vista pesimista en la fase de reflexión previa a la toma de decisiones son los mismos que subrayan el papel positivo del optimismo para alcanzar el éxito en otros casos. El propio Seligman explica en su Learned Optimism (Optimismo aprendido) cómo en gran cantidad de situaciones es determinante tener alta la moral, confiar en uno mismo, y borrar de la mente ¯dentro de lo razonable¯ las previsiones negativas sobrevaloradas. Una cosa es el optimismo pueril de quien confunde sus deseos con la realidad y distorsiona ésta para no enfrentarse de forma madura a los obstáculos (el optimismo como «falsa ilusión»), y otra muy diferente la actitud positiva del emprendedor que sabe analizar los pros y los contras de cada posible iniciativa pero no se arredra ante las dificultades que comporta. El optimista sabe aprovechar lo mejor de la gente y de sí mismo; el pesimista sólo ve enemigos y peligros por doquier. El optimista es más decidido; el realista depresivo, tan cauteloso que a menudo deja pasar oportunidades irrepetibles. El optimista no se rinde ante el fracaso; el depresivo actúa como gato escaldado que renuncia a insistir cuando sufre la menor contrariedad. Si el pesimista es, como suele decirse, «un optimista bien informado», también el optimista puede ser un pesimista que no renuncia a ser feliz, a cambiar la realidad o a jugar sus bazas en la partida del éxito. Y es que, en palabras de Gramsci, «el pesimismo del conocimiento no impide el optimismo de la voluntad». Quizá esa sea la mejor fórmula.


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