Un vuelco en la Historia de Europa

Un vuelco en la Historia de Europa
Isabel Toledo

Lo que podría haber sido una transición religiosa se convirtió en una revolución de gran alcance que abrió una nueva era política, social y económica en el continente

FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR

Bertrand Russell decía que la marcha de los hombres terminaba en la tumba, en el apacible pasado; que ahí se quedaban los cansados vagabundos y todos sus llantos enmudecían, que el ayer y quienes lo habitan tienen una realidad intocable a la que el presente no puede alcanzar... pero se equivocaba. Los muertos ilustres no son solo cementerios, también son centenarios, libros, artículos, versos. La tendencia a perfilar sus vidas para no incomodar a nadie o por el contrario para izar una bandera, las simplificaciones biográficas, la eliminación de huellas para meter el personaje en la rígida armazón de quienes le levantan una estatua o ponen su nombre a una calle, prolifera en los centenarios y conmemoraciones póstumas. Una selectiva y placentera amnesia, un recuerdo a tono con los prejuicios y modas ideológicas del tiempo actual constituyen el nervio de muchas celebraciones.

Este año se conmemora el 500 aniversario del movimiento religioso iniciado por Martín Lutero que daría lugar al protestantismo y como en tantas otras efemérides también en esta se pretende evitar las aristas, las hostilidades y no recordar los conflictos demasiado graves originados por la Reforma diseñada por el fraile agustino. No son pocos los católicos que confunden el recomendable diálogo ecuménico de los cristianos con el abandono de la crítica justa a Lutero cuando la unidad de la Iglesia sufrió tantas y tan duras pruebas en los tiempos iniciales de la Edad Moderna. Porque la Reforma, a pesar de su apacible denominación, no fue ni una transición ni una secuencia de cambios programados sino una verdadera revolución religiosa que por sus efectos políticos y económicos inauguró una nueva época en la Historia de Europa.

Perseguían un nuevo espíritu cristiano, pero el primer efecto fue la barbarie de las guerras de religión

El prestigio de la Reforma protestante, especialmente entre los no creyentes, se ha apoyado en una torpe retirada dogmática de los católicos, acomplejados por lo que la historiografía ha promulgado: la modernidad del luteranismo emancipador y el carácter arcaico del catolicismo con su servil oscurantismo. Incluso la misma difusión del concepto de Contrarreforma sugiere una actitud reaccionaria de resistencia institucional al desafío de la novedad, que los católicos han acabado por aceptar, con más ignorancia que humildad, con más cobardía que tolerancia y que apenas difiere de lo que el luteranismo y adláteres han dicho de la historia cultural de Occidente.

La Edad Media, como época de oscuridad y tinieblas, fue en buena medida un invento de la propaganda protestante para definir un milenio entero de retroceso entre una antigüedad grecorromana, clásica, y la recuperación postmedieval portadora de la luz y la innovación correspondiente a la llegada al mundo de Lutero. Sin embargo, nadie duda hoy de que con anterioridad a la ruptura luterana hubo una modernidad europea y cristiana coronada por el príncipe del humanismo Erasmo de Rotterdam, cuya obra significaba una revisión a fondo del universo religioso, defendiendo una Iglesia austera desprovista de toda ganga ceremonial. Desde el arranque de su ruptura, Lutero no dejó de presionarle para que se erigiera en la cara visible de los reformistas, a lo que se negó rotundamente. Lo mismo hacía el Papa para que atacara en sus escritos a los protestantes. Ante su negativa, la Iglesia lo acusó con una frase célebre: «Usted puso el huevo y Lutero lo empolló», a lo que el humanista respondió con la no menos famosa ironía: «Sí, pero yo esperaba un pollo de otra clase».

La revolución religiosa del agustino alemán puso en el punto de mira de la Inquisición española a los erasmistas, cuyo hincapié en la corrupción de la Iglesia, su ironía tocante a los curas y frailes, venta de bulas y otras manifestaciones de religiosidad huera, les acercó peligrosamente a las formulaciones de la Reforma. El tribunal del Santo Oficio que si bien nació para acechar a los conversos judíos y musulmanes, muy pronto se convirtió en el ojo vigilante que debía detectar y extirpar la herejía luterana. A partir de 1530, año de la coronación de Carlos I como emperador por Clemente VII, la intelectualidad crítica de España era sacrificada en favor de la alianza con el Papado indispensable para frenar las ambiciones políticas y económicas de los rebeldes príncipes alemanes aliados de Lutero.

La Reforma, que soñaba con dar a Europa un nuevo espíritu cristiano, produjo la barbarie de las guerras de religión, al responsabilizársele al príncipe, esto es, al poder político, de la unidad religiosa dentro de su propio reino. En la década de 1550 la brecha originada por Lutero quedó definida aunque no de forma terminante. España, Italia, el sur de Alemania, Austria, Bohemia, Polonia y Lituania seguían siendo católicas. El norte de Alemania era luterano al igual que Dinamarca y Suecia. Buena parte de los cantones suizos permanecían católicos pero de Ginebra se había apoderado la teocracia violenta de Calvino que definió el derecho de resistencia. Allí logró convertir toda una ciudad en una férrea maquinaria de obediencia contraria a toda libertad de pensamiento en beneficio de su exclusivo credo. «Matar a un hombre no es defender una doctrina, sino matar a un hombre», le había espetado el humanista Castellio. Inglaterra se convirtió en un país protestante con una Iglesia de Estado de orientación calvinista. Rusia mantuvo su fe ortodoxa.

En Francia la conversión al calvinismo de algunos sectores sociales añadió un componente ideológico a la hostilidad existente entre los grandes magnates territoriales, los Guisa, los Condé, los Borbones y su lucha contra el creciente absolutismo monárquico. Y la guerra civil asoló el país durante cuarenta años, animada por la terrible idea de que se puede matar al vecino si sus creencias sobre Dios o la autoridad de la Iglesia eran equivocadas. Los católicos asesinaron a más de ocho mil personas en una sola noche y los protestantes vengaron crímenes con crímenes. Apesadumbrado por las guerras de religión que devastaban su país, Montaigne escribe: «En esta confusión, en la que nos hallamos desde hace treinta años, todo francés se enfrenta cada hora a una situación que puede significar un giro completo de su suerte». También en Países Bajos los intereses religiosos se confundieron con los objetivos políticos y durante ochenta años amargaron los sueños de los Habsburgos españoles que sufrieron la furia iconoclasta de los rebeldes calvinistas hasta el reconocimiento de la independencia de las Provincias Unidas.

Durante más de cien años después de la muerte de Lutero, en 1546, el conflicto entre religiones fue casi tan devastador como la peste negra. Alemania, Holanda, Bélgica, Inglaterra... vivieron combates muy violentos entres católicos y protestantes. Las consecuencias de la voladura del Impero cristiano de Carlos V fueron especialmente dramáticas en Alemania, el principal campo de batalla de la Guerra de los Treinta Años, que estalló al rebelarse los protestantes y calvinistas contra la designación imperial de Fernando II y enredó a todos los reinos de Europa. Una plegaria medieval decía: «Líbranos, oh, Señor, de la guerra, de la hambruna y de la peste». Pues bien, Alemania sufrió esos tres males entre 1618 y 1648. Pisoteada por los ejércitos empujados al saqueo para mantenerse, la patria de Lutero perdió, durante esos horrendos años de violencia, casi la tercera parte de su población. La paz de Westfalia puso fin a una guerra europea que consagraría la desintegración política del Imperio alemán, el declive de la hegemonía española y el adiós a la monarquía universal cristiana, casi una reliquia del medioevo que Lutero había combatido con tanto empeño.

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