«París me siguió por todos sitios»

La escritora María Teresa Cervantes, en su casa, en la entrevista con 'La Verdad'. /Pablo Sánchez / AGM
La escritora María Teresa Cervantes, en su casa, en la entrevista con 'La Verdad'. / Pablo Sánchez / AGM

La escritora cartagenera María Teresa Cervantes revive aquellos vibrantes días del 68: «La juventud en masa llevaba consigo un gran ideal; a muchos les bastó con que fuese una revolución moral»

Manuel Madrid
MANUEL MADRIDMurcia

En las calles de París se libraba la «guerra» de estudiantes y obreros. El corresponsal de 'La Verdad', Feliciano Fidalgo, tomaba el pulso de una ciudad incomunicada y desasistida: «El pueblo francés no esperará a junio para darle las vacaciones al poder». La más «desconcertante manifestación» tomaba por entonces el Barrio Latino. La marabunta se dirigía contra las fuerzas del orden que acordonaban el Sena.

La última batalla había dejado 200 heridos: «Ahora, mientras escribo, a través de la radio oigo el estampido de las bombas lacrimógenas. Acaba de declararse un fuego importante». Los testimonios recogidos por Fidalgo eran premonitorios. «Esta noche se declarará una carnicería», decía un cursillista. Son cincuenta mil, «o quizás el doble» los que «más locamente se han lanzado a la lucha», entre ellos los 'non gratos' «perturbadores» a los que se refiere el gobierno de De Gaulle, elementos «incontrolables» que estaban convirtiendo París en el escenario de la peor crisis desde la guerra de Argelia.

Incluso el festival de cine de Cannes tuvo que suspenderse; algunos miembros del jurado se declararon en huelga en solidaridad con los manifestantes. Todo esto sucedía en Francia mientras en Saigón la población civil huía de forma dramática, en Alemania comenzaba el juicio contra los acusados por la distribución de talidomida, y en Estados Unidos mostraban mejoría los primeros trasplantados de corazón. Aquí en Murcia la realidad tocaba otros palos. El Ministerio de Obras Públicas tenía en periodo de información pública el Trasvase Tajo-Segura, presentándose unas 56.000 alegaciones, la mayoría de las provincias de Cáceres -que se sentía agraviada- y de Murcia, afectada positivamente. En Portmán, el pescador Juan Sánchez Andreu estaba a punto de capturar, valiéndose únicamente de sus manos, lo nunca visto en la orilla del muelle: un calamar que pesaría 12 kilos y trescientos gramos y que acabaría vendiéndose en una pescadería de Cartagena. Por entonces se ofrecían cocinas, calentadores, estufas y frigoríficos a buenos precios, pero nada de eso necesitaban los verdaderos protagonistas de la actualidad, los más de nueve millones de parados que estaban paralizando Francia. París ardía. No había correo, ni metro, ni autobuses, ni casi gasolina; no funcionaban aeropuertos ni bancos ni industrias.

Ese París no parecía París...

La noche del 3 de mayo del 68, cuando los periódicos no alcanzaban a calibrar la trascendencia de los sucesos, una maestra cartagenera que impartía clases de español en el Lycée Jean de la Fontaine, María Teresa Cervantes (Cartagena, 1931), leía un libro de Anne Philipe, 'Le temps d'un soupir' ('El tiempo de un suspiro'). Se oía un ruido tan estridente y continuo en la calle que le parecía que pasaba algo grave. «Ce sont les mômes». «Son los chicos», replicó su vecina, Marie Jo Laurenz, cuando golpeó su puerta.

Fotografías de su estancia en París.
Fotografías de su estancia en París. / P. Sánchez / AGM

Al día siguiente, María Teresa pudo ver el estado que presentaba el Boulevard Saint Michel. «Coches quemados y montones de adoquines por todos sitios. La Policía no daba abasto para detener a los estudiantes revoltosos. Habían empezado las primeras barricadas, apenas se podía pasar por ningún sitio... Llegué hasta La Sorbona. Encontré un gentío inmenso en el patio interior, en las aulas y en el anfiteatro. Me dijeron que todo había empezado con una pelea entre estudiantes de extrema derecha y estudiantes de izquierda, y que el rector Roche había tenido que acudir a las fuerzas del orden. No hubo manera, el disturbio seguía. Tomé asiento en una de las filas del anfiteatro. Hablaba quien quería y cada cual decía lo que quería (...)».

Esas alusiones forman parte de 'Edificio del recuerdo', el libro de memorias en el que María Teresa Cervantes, cumplidos hoy los 86 años convertida en una de las voces poéticas más reconocidas de la Región de Murcia, cuenta su experiencia en el Mayo del 68, del que fue testigo de excepción. Delante de ella, en el anfiteatro de La Sorbona, estaba Claude Coffon, uno de sus profesores de literatura en la Facultad de Letras, hispanista y traductor de Alberti y Neruda. También había decanos de otras facultades. «Poco a poco me fui enterando. En la reunión del Consejo de Disciplina de la Universidad debía comparecer Daniel Cohn-Bendit, que estudiaba literatura en la Universidad de Nanterre, iniciador de la revuelta, y otros cinco estudiantes. Del 3 al 5 de mayo, con la entrada de la Policía en La Sorbona, fue el comienzo de una larga semana de disturbios. Se cerró la Facultad de Letras de Nanterre. La Sorbona había sido ocupada y los cursos suspendidos 'sine die'. Granadas lacrimógenas y otros explosivos. Un orador anunció que París acababa de ser designado como lugar de negociaciones para el Vietnam. Hubo grandes aplausos».

Debates con un cura

Del 11 al 12 de mayo, rememora María Teresa, unos 45.000 estudiantes ocuparon el Barrio Latino. También los actores y los artistas se unieron a los inconformistas. Una de las primeras personas que proclamó la reforma en el sistema universitario fue Dominique Outin, «hija de mi amiga Jacqueline, que tomó parte en las barricadas de mayo. Ayudó a muchos heridos. Los compañeros la llevarían en hombros por París. Nos contaba después a sus padres y a mí que habían sido noches intensas, con gran cantidad de heridos, pero los estudiantes albergaban grandes esperanzas. Yo iba todos los días al Boulevard Saint Michel con Antonio Hernández, expárroco de Molina de Segura que, a la sazón, ampliaba sus estudios de Teología en París y asistíamos a veces juntos a los debates en La Sorbona y en el Teatro Odeón. También participé en la marcha desde Montparnasse hasta La Bastilla». María Teresa Cervantes vivió ocho años en París contratada como maestra de español por el Oficio Nacional de Universidades y Escuelas Francesas. En 1971 se marcharía a Alemania, donde vivió 32 años, y tras su jubilación regresó a Cartagena. Anotó en una libreta «todo lo que pude», especialmente los mensajes que llenaban las paredes de aquella ciudad en llamas. Recuerda, por ejemplo, que en la Facultad de Letras y Ciencias Humanas de Censier los anónimos habían escrito: 'El sueño se ha hecho realidad' y 'Millonarios de todos los países, uníos. El viento azota'. En el Odeón: 'Date prisa, camarada, el viejo mundo se ha quedado atrás', 'En los caminos que nadie haya escrudiñado, arriesga tus pasos. En los pensamientos que nadie haya pensado, arriesga tu cabeza', 'Para poner en tela de juicio la sociedad en la que se vive, es necesario, ante todo, ser capaz de empezar por analizarse uno mismo'. Decía un rabioso en La Sorbona que «cuanto más hago el amor, más deseo hacer la revolución. Cuanto más hago la revolución, más deseos tengo de hacer el amor».

Un piano en La Sorbona

María Teresa vio las pintadas de Trotsky, Fidel Castro y Che Guevara, los póster con Marx, Lenin y Mao. «En el interior de La Sorbona había un piano y cualquiera podía tocar. Alguien dijo que solo estaba destinado a periodos de insurrección y fraternidad (...). En la rue Mouffetard nos cogíamos del brazo con la gente de la calle y caminábamos cantando 'La Romance' de París». Sigue pensando hoy que el empeño de los manifestantes era cambiar la vieja sociedad, nuevos métodos educativos y educación sexual. «Fue una revolución un tanto frustrada que expresó la voluntad de una liberación que ha ido continuando. La juventud en masa llevaba consigo un gran ideal. Hubiese podido ser una verdadera revolución, pero no existía la posibilidad. Ha permanecido así, como una especie de revolución moral, y a muchos les bastó». Evoca la autora a Foucault, que creía que los hechos hicieron soplar sobre la sociedad francesa tales vientos de desbarajuste que, todos los puntos de orientación anteriores, quedaron caducos. «Después de aquel aciago mes de mayo pude seguir mis clases en La Sorbona hasta conseguir mi Diploma de Literatura en la Facultad de Letras, junto a mi primer y único año de Filosofía».

No ha querido olvidar aquel tiempo de luz y grisura. «¡Cuánto amé París! Era consciente de que el día que me fuese, París me seguiría a todas partes».

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