Las paredes hablan

'A la defensa de la URSS' de Valentina Kulagina./
'A la defensa de la URSS' de Valentina Kulagina.

En un país con una alfabetización de solo el 35%, los primeros gobiernos se apoyaron en los carteles para difundir consignas e ideales

BEGOÑA GÓMEZ MORAL

En el cartel ruso de 1918 un soldado vestido de rojo señala al espectador y, en lugar de decir 'Alístate' o 'Tu país te necesita', lo que dice es '¿Estás ya con el ejército?' Transmite más urgencia, sin duda, pero, por lo demás, el de Dmitri Moor no difiere mucho de los de otras campañas europeas de la época. El cambio llegó un año después, cuando El Lissitzky dio a la imprenta el póster suprematista 'Vence a los blancos con el triángulo rojo'. Aquello sí fue un salto extraordinario, una auténtica irrupción de la vanguardia en la vida real. Los colores se mantuvieron limitados al blanco y el negro, con el rojo como protagonista para expresar casi la misma idea: 'Únete al ejército', pero en términos puramente formales, sin ningún dedo acusador, sin exaltar emociones. No hay datos sobre su efecto en una población con un 65% de analfabetismo, aunque con una prolongada tradición visual como intérpretes de iconos religiosos. Lo que es seguro es la confianza que, desde los albores revolucionarios, el Gobierno soviético depositó en el arte gráfico para comunicar consignas e ideales.

Casi todos los vanguardistas publicaron carteles, pero Aleksandr Rodchenko alcanzó la categoría de estrella cuando, en 1924, compuso el poster con una foto de la actriz Lilia Brik, con pañuelo de obrera en la cabeza, gritando 'Libros' para la editorial gubernamental Gosizdat, la misma que imprimía cerca de 4 millones de afiches al año. El célebre póster armonizaba geometría, ritmo, composición, tipografía, color y presentaba al mundo uno de los primeros fotomontajes publicitarios de la historia. El título de pionero absoluto en ese medio se lo disputa Rodchenko con Gustav Klutsis y Valentina Kulagina, que no por eso dejó de componer carteles exentos de fotografía, como el de los gigantes rojos que marchan 'A la defensa de la URSS' en 1930. Cuatro años antes Adolf Strakhov-Braslavsky había editado un célebre póster compuesto en la clave del 'cubismo suave' que por entonces, lejos de allí, empezaba a experimentar Tamara de Lempicka. La composición y el grado de fragmentación de los planos no difieren mucho, por más que el mensaje y el espíritu sean opuestos y vayan de la sensualidad manierista a la severidad del cartel que celebra cómo 'La mujer emancipada construye el Socialismo'.

En la década de 1930 se da una progresión en el culto a la personalidad del Stalin que, cada vez con mayor frecuencia, ocupa un papel central en la propaganda. Con las vanguardias prácticamente agotadas y sus restos dispersados, el estilo es el llamado Realismo socialista, en realidad, un naturalismo idealizado con el que se desarrolla una auténtica iconografía del líder mirando a lo lejos, por encima de la cabeza del observador, en alusión a la supuesta capacidad de ver la utopía más allá del presente. Padre, timonel, arquitecto, guía y maestro son algunas atribuciones repetidas en sus representaciones, que se incrementan hasta el paroxismo en los años cercanos al esfuerzo bélico.

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