'Platero y yo' en su centenario

'Platero y yo' en su centenario

La obra de Juan Ramón Jiménez plantea un proyecto de regeneración estética nacional para una nueva España verdaderamente democrática, liberal y progresista

JUAN JOSÉ LANZ

El 13 de enero de 1917 se publicaba la edición completa, con ciento treinta y ocho capítulos, de 'Platero y yo', que ya se había adelantado de modo abreviado poco más de dos años antes en una publicación dirigida al público juvenil. Pronto el libro de Juan Ramón Jiménez se convirtió en lectura escolar, dirigida sabiamente a la formación de la juventud en los ideales de la pedagogía krausista que impregnaban el ideario del moguereño y que este había aprendido, mientras vivía a comienzos de siglo en casa del doctor Simarro, de Francisco Giner de los Ríos y del ambiente institucionista que se vivía allí: el amor a la naturaleza, la educación estética, una ética basada en la piedad y en el amor al otro, una voluntad regeneracionista, una visión integrada de la realidad, el racionalismo armónico, el altruismo, el cuestionamiento de todo dogmatismo, etc. Con razón se rebelaba una joven Rosa Chacel exclamando: «¡'Platero y yo' un libro para niños!».

Porque, más allá de las burlas que unos jóvenes Dalí y Buñuel, impregnados en el sentido lúdico de la vanguardia, hicieran del «burro menos burro, el burro más odioso con que nos hemos tropezado», 'Platero y yo' resulta un verdadero proyecto de pedagogía estética (aquella ética estética a la que se referiría Juan Ramón varias veces), un proyecto de regeneración estética nacional para una nueva España verdaderamente democrática, liberal y progresista, más allá de los pacatos nacionalismos que en esos años habían llevado a Europa a la Primera Guerra Mundial. La belleza, ensalzada tantas veces en la obra del andaluz universal, se convierte en una forma de regeneración personal y social, dentro del modelo de la pedagogía lírica que propugnaba Giner.

Mundo infantil

Es un libro fundado en el amor y en la piedad como modos de comprensión y conocimiento

No es extraño, así, que el mundo de la infancia (y las referencias críticas a los modelos escolares de la época) ocupe un lugar central en 'Platero y yo', teniendo en cuenta que dos de los ejes estructuradores del libro son justamente la voluntad de crear una pedagogía nacional, que ha de tener necesariamente a la infancia como su destinatario y materia, y el deseo de escribir una historia lírica de la propia niñez pasada en el Moguer natal, contemplado ahora, con la distancia de los años y con la transformación social y económica sufrida (la sustitución de las producciones vitícolas por las grandes empresas mineras), con una cierta mirada elegíaca, pero también con un marcado distanciamiento crítico y una voluntad desveladora.

Las páginas de 'Platero y yo' se pueblan de niños, de seres frágiles, desatendidos, débiles, como lo son también el protagonista que construye su intimidad en diálogo constante con el mundo en torno, y su mudo compañero que le permite escenificar una soledad comunicada, como apuntó Julián Marías, compartida, dialogada, que justifica en última instancia la razón narrativa, muy próxima a la concepción orteguiana, que atraviesa todo el libro, y que supera el lirismo de la escritura poética juanramoniana. Pero, junto a esos seres frágiles (y quizás Platero sea el primero entre ellos), como su contrapartida dialéctica, también discurren por las páginas del libro los malos maestros que pondrían orejas de burro al pobre Platero, el cura con su doble moral, los políticos con su hipocresía y su mala gestión, etc.; todos los culpables de la degradación de Moguer, símbolo de la degradación ética, económica y social nacional.

Porque, sin duda, 'Platero y yo' es el libro de Moguer; el libro que logra encumbrar a categoría universal el pequeño pueblo andaluz en que el poeta había nacido y se había criado, y al que regresa en 1906 para hacerse cargo de la hacienda familiar, en ruina desde la repentina muerte del padre en 1900. Moguer se convierte para el poeta que en 1906 comienza a escribir las prosas de 'Platero y yo', no en un lugar de aislamiento, sino en el espacio propicio para un ahondamiento personal (en la doble marginación que sufre) y para el descubrimiento de la verdadera esencia de lo popular.

Paisaje

Moguer es un paisaje doble sobre el que se proyecta una mirada distanciada y crítica. Es, por un lado, el paisaje evocado de la infancia, el paraíso perdido, traído al presente con una mirada tierna y elegíaca muchas veces. Pero también es, por otro lado, el Moguer actual, con su degradación social, sobre el que se proyecta la ironía crítica del escritor y sobre el que no se escatiman los comentarios agrios señalando las causas concretas de su degradación. Hay, por lo tanto, una decidida construcción moral del paisaje a lo largo del libro. Consciente de que el paisaje se construye en la mirada de quien lo observa y por esa mirada, Juan Ramón enfrenta constantemente su «recuerdo de otro Moguer» a «la presencia del nuevo», pero también lo enfrenta a «mi nuevo conocimiento de campo y jente». De este modo, elegía y utopía son dos de los ejes que conforman 'Platero y yo'; evocación, rememoración, nostalgia y melancolía actualizados en el presente, que se proyectan en una construcción de futuro, con un definido ideario pedagógico.

Planteado desde una perspectiva de regeneración nacional ética y estética a través de un modelo pedagógico de raíz institucionista, no es extraño que 'Platero y yo' aluda constantemente a los ritos de renovación, de renacimiento, a los ciclos de la naturaleza y a la reintegración espiritual de los seres en la realidad, desarrollando una visión panenteísta (que no panteísta) de raíz krausista; un sentimiento de resurrección en la realidad, de reintegración al orden de la naturaleza, que apunta al mito de la regeneración que el libro sustenta. Platero, que llega en la primavera al pueblo con sus alforjas cargadas de «mariposas blancas», símbolo del «alimento ideal», «libre y cándido» que lleva a Moguer, muere finalmente para renacer en un «liviano enjambre de mariposas blancas» que hace presente al burro más allá de la muerte, símbolo del fruto que aquellas enseñanzas han producido, signo de que su simiente ha fructificado, muestra de su ejemplo y pedagogía.

La lección de 'Platero y yo' sigue viva cien años más tarde; su modelo pedagógico, impregnado en un pensamiento liberal, progresista y democrático, de amor a la cultura y al pueblo, ha formado a generaciones de escolares, de jóvenes y de adultos. No, 'Platero y yo' no es definitivamente un libro para niños; es un libro fundado en el amor y en la piedad como modos de comprensión y conocimiento, que forma conciencias críticas. El modelo pedagógico que lo conforma sigue vigente. Su mensaje sigue siendo revolucionario.

Juan José Lanz es profesor de Literatura Española en la UPV/EHU y autor de 'Juan Ramón Jiménez y el legado de la Modernidad' (Ed. Anthropos).

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