Miguel Ángel Hernández: «Tras escribir 'El dolor de los demás' me he quedado tocado, esa es la verdad»

El escritor y profesor Miguel Ángel Hernández, en su casa de Murcia./E. Martínez Bueso
El escritor y profesor Miguel Ángel Hernández, en su casa de Murcia. / E. Martínez Bueso

«Esta novela me ha costado la salud, literalmente. Estoy en tratamiento psicológico. Me sentía como si estuviese haciendo güija constantemente, convocando a todos mis fantasmas»

Antonio Arco
ANTONIO ARCO

Miguel Ángel Hernández (Murcia, 1977) tenía 18 años cuando perdió a su mejor amigo. Velozmente. De un modo kafkiano, atroz. En la Nochebuena de 1995, «mató a su hermana a golpes, cogió el coche y se tiró por un barranco del Cabezo de la Plata». Sucedió en la huerta de Murcia, donde ambos vivían. Este crimen y este suicidio labraron en el escritor, y profesor de Historia del Arte en la UMU, una herida que ha arrastrado sin cicatrizar durante veinte años. Para conseguir cerrarla del todo ha escrito 'El dolor de los demás', su tercera novela, también publicada con todos los honores en Anagrama y que en breve será presentada por la editorial y llegará a las librerías. Una novela, esperada por sus lectores y por la crítica, que hoy se 'estrena' en 'Ababol', que ofrece una entrevista con el autor y desvela el primer capítulo de una obra escrita «entre el 'thriller' y la confesión autobiográfica». Una narración que nos adentra «en una España inexplorada» y que, en palabras de Sergio del Molino, es «una crónica valiente del horror que el escritor se encontró en la casa de al lado. Un viaje de vuelta a un mundo familiar que se revela exótico y asfixiante».

-Empecemos.

-Un día le conté a Sergio del Molino: «Hace veinte años, mi mejor amigo mató a su hermana y se tiró por un barranco». Y él me dijo: «¡Ahí tienes una novela!». Yo había pensado ya en ello muchas veces, pero fue en ese momento cuando empecé a darle vueltas ya en serio. La conversación con él resultó determinante.

«He cerrado un capítulo de mi vida, lo he contado todo sobre mí y ahora ya camino con mis complejos de la mano y a la vista de todos, como una familia»

-La historia es brutal.

-Brutal e increíble, pero así fue. En la Nochebuena de 1995, mi mejor amigo de la huerta -el mejor y el único, porque éramos dos en la huerta, en el Rincón de Almodóvar [sonríe]-mató a su hermana a golpes, cogió el coche y se tiró por un barranco del Cabezo de la Plata. No se sabe el motivo. Teníamos los dos 18 años, nos llevábamos tan solo veinte días. Me rompí por dentro. Cuando ocurrió todo aquello, tenía dos opciones: o sumirme en la depresión absoluta, o tirar para adelante, que fue lo que yo hice. Fue justo el año en el que había empezado la Universidad, y me sirvió para decir: «Aquí se mueren la huerta y mi mundo familiar del pasado. Yo lo que quiero ser es artista, historiador, un intelectual. Me puse a estudiar esa misma Navidad y saqué en todo matrículas de honor.

«No todo se reduce a que hay gente que está loca y gente que no. Creo que somos muchísimos los que muchas veces estamos bordeando la locura»

-Una noche crucial.

-A mí me sirvió de frontera entre el pasado y lo que yo quería que fuese mi futuro, pero lo que no pude evitar es que lo ocurrido con mi amigo permaneciese siempre conmigo, en mi vida, como una especie de sombra que me ha generado dolor y que ha convivido con mis traumas que tienen que ver con la huerta, con la adolescencia, con la culpa, con la religión, con mi cuerpo que no soportaba, con todo aquello de lo que quería escapar.

-¿Por qué se decide a novelar esta historia?

-Veinte años después, que es cuando empiezo a escribir la novela, quiero saber, me cueste lo que me cueste, qué pasó realmente esa noche con mi amigo; pero, sobre todo, lo que quiero saber es qué pasó conmigo. En el fondo, el crimen que yo investigo es el que yo cometí con mi pasado: el olvido absoluto de ese origen de la huerta y de cómo yo era. Es como un intento de reconciliación, con muchos claroscuros, con mi propio pasado. En la novela, por un lado, intento reconstruir aquella noche; y por otro, lo que cuento es la investigación que llevo a cabo haciéndole entrevistas a los vecinos, a los testigos, buscando en los archivos de los periódicos y de la televisión, intentando acceder a los expedientes de la actuación judicial...; sí, es como un intento de hacer 'A sangre fría' [de Truman Capote] a la murciana; de hecho, hay un personaje en la novela que me llama Capote. Todo lo que cuento es verdad, salvo alguna licencia poética que me he pemitido.

««La verdad es que yo no quedo muy bien parado, ni creo que haya mucha gente que me vaya a dar un abrazo tras leerla»

-¿Cómo era la relación que mantenían?

-La de dos grandes amigos viviendo en la huerta, hijos de padres mayores y juntos desde que comenzamos a ir al colegio al mismo tiempo. Yo era su piel. Una profesora nuestra siempre decía: «Miguel Ángel es la piel de Nicolás, que es el nombre que tiene en la novela. Yo era el que hablaba por él; mi amigo era retraído, callado, raro... pero es que raros somos todos. De hecho, la novela me ha servido para darme cuenta de lo raro que era yo. La verdad es que no quedo muy bien parado, ni creo que haya mucha gente que me vaya a dar un abrazo después de leerla. Lo que hizo mi amigo es un disparate, eso está claro, pero empiezas a pensar en el ambiente de la huerta, en cómo están las cabezas en esas edades...; creo que yo no lo podría haber hecho, pero desde luego no todo se reduce a que hay gente que está loca y gente que no lo está. Creo que somos muchísimos los que muchas veces estamos bordeando la locura.

-¿Cómo se siente tras haberla escrito?

-Me he quedado tocado, esa es la verdad. Esta novela me ha costado la salud, literalmente. Estoy en tratamiento psicológico. El trauma del que tú sales huyendo, lo cierto es que se queda ahí agazapado y, en cuanto lo destapas, haya pasado el tiempo que haya pasado, y como no lo habías afrontado, se manifiesta con una violencia que te deja hecho polvo. Ni le cuento las pesadillas que he tenido...; mi cuerpo se ha resentido y notaba claramente que tenía que terminar de escribir la novela antes de que estar haciéndolo acabase conmigo. Durante la escritura de mis dos novelas anteriores ['Intento de escapada' (2013) y 'El instante de peligro' (2015)], disfruté muchísimo; incluso escribiendo el libro sobre la muerte de mis padres ['Cuaderno [...] duelo' (2006)], sentía que me estaba sirviendo como de catarsis y que me estaba sanando. Pero ahora, escribiendo 'El dolor de los demás', me sentía como si estuviese haciendo güija constantemente, convocando a todos mis fantasmas en vez de liberarme de ellos. Empezaron a despertarse todos los fantasmas propios que me estaban esperando, además de los recuerdos relacionados con mi amigo; entre ellos, los que tienen que ver con la Iglesia. Yo fui un crío muy religioso, monaguillo, traumatizado con el pecado, el sexo, la culpa... ¡Me faltaba lo que ocurrió con mi mejor amigo!

«Sí, es como un intento de hacer 'A sangre fría' [de Truman Capote] a la murciana»

-¿Cómo se enteró de lo ocurrido?

-No me enteré de todo de golpe, claro. Eran las cinco de la mañana y lo primero que recuerdo es la voz de mi padre diciendo: «Han entrado en la casa de la Rosario, han matado a la Rosi y se han llevado a Nicolás». Nadie daba crédito a que el buen crío había matado a su hermana. Fui descubriendo poco a poco que nadie había entrado en la casa, que no se habían llevado a Nicolás, que fue él quien cometió el crimen y que se había ido después de comerterlo...; no es fácil caer en la cuenta de algo que no cabe en tu cabeza. En todo momento, él era mi amigo, no había dejado de serlo por lo que había hecho, y empezaba a sentir un montón de emociones contradictorias. De pronto, te dices: «Estoy de parte del asesino». Éramos uña y carne y, cuando se mató, tuve que lidiar con la idea de que no podía seguir sintiendo afecto consciente por alguien que había hecho algo tan horrible. Nunca he tenido muy claro, exactamente, si lo seguía queriendo o no después de lo que hizo, si lo perdonaba o no, si lo echaba de menos o no, si era un hijo de puta o no, si fue un momento de locura...; sentía un caos de emociones del que yo intenté escaparme y al que he tenido que enfrentarme ahora mientras escribía la novela. He intentado plasmar en palabras todo este caos de emociones: odio, perdón, rabia, nostalgia... y todo lo sientes de manera conjunta.

-¿Intentó de algún modo justificar lo que hizo su amigo?

-Lo que intentaba era no pensar en la otra parte. Me resultaba muy difícil ponerme en la parte de la víctima. Yo conocía a su hermana, me abría la puerta cuando iba a jugar a la casa de mi amigo. En la novela llego a una conclusión, basada en las evidencias y atando cabos, sobre la posible explicación de lo ocurrido. Un poco en la línea de lo que hace Emmanuel Carrère en 'El adversario'.

-¿Qué ha intentado evitar en esta novela?

-Por todos los medios, el morbo; no me he permitido jugar a darle al lector escenas truculentas, ni imágenes obscenas. Esta novela es también una reflexión sobre la ética, sobre cómo nos comportamos ante el dolor de los demás. El título de la novela, 'El dolor de las demás', está relacionado con el libro 'Ante el dolor de los demás' de Susan Sontag. Me pregunto: «¿Qué legitimidad tengo yo para escribir de una tragedia que afecta a unos padres, a unos hermanos, a una familia a la que esta novela le puede hacer daño? No lo tengo nada claro.

-¿Ha hablado con ellos?

-No.

-¿Está satisfecho con el resultado final?

-Sí. Me he expuesto en ella en carne viva, me he expuesto tanto que me arriesgo a que no me saluden por la calle, pero he conseguido liberarme de esa historia que tenía que contar. He cerrado un capítulo de mi vida, lo he contado todo sobre mí y ahora ya camino con mis complejos de la mano y a la vista de todos, como si fuésemos una familia. Por otro lado, también me he reconciliado de alguna manera con la huerta, que para mí era una pesadilla, un lugar en el que me encontraba aislado, atrapado. Me he dado cuenta de que también existieron momentos de felicidad, de que había felicidad escondida en esas emociones negativas que yo había proyectado respecto a la huerta como un lugar opresivo. Ahora intuyo que si hubiese nacido en Manhattan me habría parecido igual de abominable que me parecía[la pedanía murciana de] Los Ramos. La novela, que creo que mantiene la tensión de principio a fin, transcurre toda en la huerta, en lugares como el bar 'el Yeguas'. Mis amigos se ríen diciéndome que, igual que se habla de 'la gran novela americana', yo he escrito 'la gran novela huertana'. He pasado de hablar del mundo de los intelectuales y de los artistas, a contar lo que se habla en 'el Yeguas'; y a manejar el habla de la huerta y los giros murcianos. Esta novela ha supuesto para mí un desafío absoluto, pero creo que he escrito la novela por la que me hice escritor. Y creo que he conseguido hacer de la huerta un territorio novelable como lo puede ser Nueva York. Con 'El dolor de los demás' cierro una época, y a partir de ahora no sé...; no siento de momento la necesidad de escribir, me he quedado tan desfondado que no sé por dónde voy a tirar, ni falta qe hace. Lo que más necesito ahora es terminar mi tratamiento psicológico para quedarme tranquilo.

-¿Cómo es usted?

-Desde que murieron mis padres, creo que soy mejor persona. Cuando se mueren personas muy queridas, si logras superarlo -y yo necesitaba hacerlo porque sus muertes estaban también comiéndome por dentro-, sales de ese duelo siendo mejor persona y teniendo mucho más claro cuáles son tus prioridades.

-¿Las muertes de las personas queridas no le provocan rabia?

-No, en ningún momento la sentí. De hecho, a mí la muerte me da miedo a veces, pero rabia no. La muerte de los demás la temo y me deja desolado, pero mi propia muerte no me ha dado miedo nunca. Aunque sí que es cierto que una vez soñé que me moría; cuando uno sueña que se está muriendo, siempre se despierta antes de morirse del todo, pero yo vi cómo me estaba apagando y cómo me moría del todo. ¡Me desperté llorando y me levanté teniendo pena de mí! Me dije: «¡Coño, qué congoja me ha dado que me he muerto!». A lo que sí le tengo miedo es a sentir dolor, la enfermedad me aterroriza.

-¿De qué sensación no se olvida?

-De la sensación de tocar el cadáver de mi madre, su cuerpo sin vida. Hay un momento en el que lo tocas y descubres que está frío. Las manos, que siempre han sido cálidas, de pronto están totalmente heladas, y en ese momento todo se viene abajo, se te desestructura porque ves que esas manos, que te han cuidado desde que naciste, que te han construido, están sin vida. Todo era tan extraño: probablemente, lo último que yo le dije a mi madre es que la llamaría al día siguiente. Recuerdo que el día anterior a su muerte puse en mi blog que estaba hasta arriba de cosas, que vaya semana que llevaba sin parar de trabajar; me quejaba de que así no podía seguir. Y en la siguiente entrada al blog tan solo escribí, junto al nombre de Isabel Navarro Franco y las fechas de su nacimiento y de su muerte: «Hoy ha muerto mamá».

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