¿Qué mató a Alejandro Magno?

Efigie de Alejandro Magno que se halla en el Museo de la Acrópolis, en Atenas./Archivo
Efigie de Alejandro Magno que se halla en el Museo de la Acrópolis, en Atenas. / Archivo

El abuso del alcohol, el veneno enemigo, la malaria, el virus del Nilo, el tifus... no sabemos con certeza de qué murió el emperador que dominó medio mundo

LUISA IDOATE

Le gustaba que le llamaran Dios, y creía serlo. Alejandro Magno (356-323 aC) recibió ese título de los sacerdotes del oráculo de Amón, en Siwa, al conquistar Egipto. Era un paso más en su imparable carrera. En trece años, forjó el mayor imperio de la Historia. Dominó Grecia, la tierra de los faraones, Anatolia, Oriente Próximo y el norte de India. Era un monarca treintañero y poderoso, carismático y seductor; un guerrero cuajado de claroscuros que desencadenaba alabanzas y críticas, y sembraba la duda a su paso. Tuvo amantes -hombres y mujeres-, varias esposas y dos hijos conocidos, aunque ningún heredero. No está clara la causa de su muerte, que se atribuye al veneno, la bebida, la malaria, el virus del Nilo, el tifus... Hay muchas hipótesis, pero ninguna prueba.

Perseguía una gloria que nunca creyó suficiente. El hijo de Filipo II (382-336 aC) recibió formación humanística y militar. Estudió retórica, matemáticas, literatura, historia y medicina; se ejercitó en esgrima, equitación y tácticas de guerra. Lo hizo junto a nobles macedonios como Hefestión, Perdicas, Hárpalo y Filotas, que alcanzaron la gloria a su lado. Otros compañeros de aprendizaje -como Ptolomeo, Aristóbulo de Casandrea y Nearco- contaron sus hazañas, aunque su cronista oficial fue Calístenes, que era sobrino de Aristóteles, el tutor de todos ellos. Los relatos de estos condiscípulos glorifican al monarca con alabanzas, exageraciones y leyendas. La mayoría se pierden, pero inspiran a historiadores como Curtio Rufo, Juniano Justino y Diodoro Sículo, que lo equipara con los dioses. Séneca lo llama «desgraciado, vándalo, demente y despiadado». Otros autores hablan de sus estallidos de ira; de una desconfianza que crece cuando bebe y le hace asesinar a amigos de la infancia, como Clito 'el Negro', que le reclama compartir el mérito de las victorias con la tropa y le acusa de 'orientalizarse'.

Nada se le resistía, pero al cumplir los 30 años las cosas empezaron a torcerse

Con treinta años, domina desde Grecia hasta el Indo. Para lograrlo, pierde 750.000 hombres y recorre 25.000 kilómetros. Es un excelente jinete y un guerrero implacable. Mata, saquea, aplasta y arrasa. También es intelectualmente inquieto y difunde el helenismo y la civilización europea por Oriente Próximo e India, e impulsa el comercio con ellos. Ensambla un imperio multicultural y cosmopolita, con reinos muy diversos, y preserva sus lenguas, dioses, ritos y creencias. Funda setenta ciudades. La más ecléctica es Alejandría (Egipto), donde confluyen África, Asia y Europa. Según Diodoro Sículo, en el siglo I aC la habitan 300.000 ciudadanos libres. Se les añaden quienes no lo son -mujeres, niños, esclavos, extranjeros, macedonios, judíos y autóctonos con trabajos serviles-, lo que suma un total de un millón de habitantes de toda condición y pelaje. No es la única. El monarca funda 'alejandrías' por todo su imperio para advertir al enemigo y satisfacer su vanidad: las de Horpas, Poros, Escetia, Tróade, Pieria, Tigris...

El persa Darío III es su gran rival. Lo derrota en la batalla de Gaugamela (331 aC) y entra en Babilonia por las imponentes puertas de Ishtar, descubriendo la belleza, el lujo y la sofisticación por excelencia. Convierte a los vencidos en aliados, casándose con sus princesas; primero con Roxana y, en las Bodas de Susa, con Parysatis y con Barsine-Estatira, la primogénita real. En los mismos esponsales, 10.000 soldados, capitanes y generales de su ejército contraen nupcias con mujeres persas, sellando las relaciones entre griegos, macedonios, persas e iranios. Hesfestión Amíntoro (356-324 aC) lo hace con la hija menor de Darío III, Dripeti. Él es la mano derecha de Alejandro; amigo, confidente y compañero de estudios, juegos y armas. Y dicen que también su amante. Rivalizan en belleza. Se parecen. Lo muestran sus bustos expuestos en Villa Getty (Los Ángeles). Sisigambis, madre de Darío III, los llega a confundir. «No te has equivocado, él también es Alejandro», replica el emperador, asumiendo el estrecho vínculo entre ambos; también lo tuvo con el eunuco Bagoas, que arrebató a Darío III.

Nada se le resiste. Alejandro no tiene límites. Pero al cumplir los treinta, las cosas se tuercen. Sofoca varias deserciones en sus tropas y dos conjuras para asesinarle, y pierde a tres seres muy queridos. Abaten a su caballo Bucéfalo en la campaña contra el rey indio Poro. Matan a su mastín, 'Peritas', en el combate contra los malios donde, a él, le hieren en el pecho. Y Hesfestión fallece durante los Juegos de Ecbatana. Él lo hace ocho meses después.

¿De qué muere Alejandro Magno? Hay hipótesis, no seguridades. Come y bebe a destajo en casa de su amigo Medio 'el Tesalio' el 29 de junio de 323 a C; vino sin rebajar, como buen macedonio. Por superar los tres litros consumidos por el oficial Promacos -le costó la vida-, él toma cuatro. Diodoro Sículo dice que, de repente, «como golpeado por una tormenta, dio un gran grito y comenzó a quejarse». Amanece febril, débil y, progresivamente, pierde la movilidad; en una semana, ya no puede ni hablar. Para los optimistas, es la vieja herida en el pulmón que se resiente. Cameron Battersby, cirujano de la Universidad de Queensland (Australia), defiende en un artículo publicado en 'ANZ Journal Surgery' en 2007 que el abuso del alcohol pudo causarle una pancreatitis aguda. Según las narraciones de Arriano y Plutarco, no descarta que sufriera una perforación de estómago o una rotura de esófago, debida a un vómito o al intento de evitarlo, que pudieran haber desencadenado una infección séptica.

Otros creen que lo asesinó el general Casandro. Para Juniano Justino y Curcio Rufo, él lleva en mula a Babilonia el veneno que su hermano Yolas, copero real y amante de 'el Tesalio', le sirve. Pero los tóxicos de entonces -arsénico, estricnina- eran casi fulminantes y Alejandro agoniza once días. Según un estudio de Leo Shep, toxicólogo del Centro Nacional de Venenos de Nueva Zelanda, publicado en 2014 en la revista 'Clinical Toxicology', lo envenenan con 'Veratrum album', ballestera o eléboro blanco, una planta liliácea. Con ella los griegos inducían el vómito y, en dosis altas, podía provocar una muerte lenta y dolorosa «con la aparición repentina de dolor epigástrico y retroesternal, que también puede estar acompañado de náuseas y vómitos, seguidos de bradicardia e hipotensión con debilidad muscular severa». El emperador sufrió síntomas similares, afirma Shep, que encajan con los relatos de Diodoro Sículo, «aunque nunca sabremos con certeza qué provocó su muerte». Sospecha que alguien mezcló ese veneno con vino para ocultar un sabor muy amargo que no percibió, porque quizá iría borracho. Voluntarios para ello no faltaban, añaden los historiadores. Acababa de decretar el regreso de los exilados a Grecia, que podían reclamar tierras y patrimonios y desestablizar política y económicamente la Hélade.

Para John S. Marr, epidemiólogo del Departamento de Salud de Richmond (Virginia), y Charles H. Calisher, microbiólogo de la Universidad de Colorado, el virus del Nilo pudo acabar con el emperador. Lo defendieron en 2003 en la revista 'Emerging Infectious Diseases'. El 'Flaviviridae flavivirus' es uno de los numerosos virus que causan encefalitis, infección que ocasiona fiebre, delirio, dolor abdominal y a veces desemboca en coma. La transmiten los mosquitos y tienen como reservorio natural a los pájaros, que la contagian a los humanos; antes de hacerlo, sufren encefalitis y muchos mueren. Eso cuadra con el relato de Plutarco: «Cuando Alejandro llegó (a Babilonia), en las murallas de la ciudad se vieron a muchos cuervos picándose unos a otros, multitud yacían muertos y otros caían a su paso...» Lo que entonces se consideraba un pésimo augurio, mantienen los investigadores norteamericanos, refuerza la hipótesis de la encefalitis; algo normal en Irak, zona endémica de fiebre del Nilo, que entonces posiblemente lo era. Ven poco probable la malaria, porque no se mencionan síntomas como la orina oscura o 'agua negra' y la «curva dramática de fiebre». En su opinión, «la parálisis flácida» que citan los historiadores «reduce el diagnóstico diferencial a poliomielitis, síndrome de Gillain Barré y encefalitis».

Un 80% de quienes padecen la fiebre del Nilo no presentan síntomas, un 20% sufre fiebre y entre el 1 y 1,5% problemas cerebrales y del sistema nervioso, comenta Guillermo Quindós, microbiólogo de la Universidad del País Vasco. «Si hubo epidemia, ese 1% significaría que la sufrieron un número importante de personas y no hay constancia de ello». No descarta que confluyan la encefalitis apuntada por Marr y Calisher y las consecuencias del abuso del alcohol señaladas por Battersby. «Está claro que hubo una infección».

Lo único cierto es que Alejandro empeora. Se corre la voz. Imposible sujetar a sus soldados, que pasan al goteo por su lecho para despedirse. Agoniza. En once días, muere. Sin heredero. Tiene dos hijos, Heracles y Alejandro -uno bastardo y otro póstumo-, y un hermano, Filipo Arrideo, con problemas mentales. La muerte de Hefestión, su favorito, trunca la sucesión al trono que él mismo complica con sus últimas palabras. Le preguntan quién será el nuevo rey y contesta: «Krat'eroi», que en griego significa «al más fuerte», lo que agrada a los generales presentes y desaira a los seguidores del militar Crátero, hombre de confianza y amigo del monarca, cuyo nombre se pronuncia igual: «Krater'oi». Para muchos, sus hijos urdieron la muerte del emperador, que enfrenta a los generales Seleuco, Ptolomeo, Antígono, Lisímaco y Casandro por la posesión del imperio.

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