Mariano Quirós o revisando al 'buen salvaje'

Mariano Quirós./Agencias
Mariano Quirós. / Agencias

En 'Una casa junto al Tragadero', ganadora del premio Tusquets, el escritor argentino presenta a un personaje que, a su pesar, se reencuentra con la civilización de la que ha huido

IÑAKI EZKERRA

Como ingrediente ineludible de la propia condición humana, la violencia constituye un material básico para cualquier tipo de construcción narrativa. En las novelas urbanas, esa violencia se manifiesta de modo físico en los barrios marginales, o de forma más solapada en las psicologías y personajes de clase alta o media, en sus luchas de poder o sus intereses económicos, sexuales o afectivos. Pero es en las novelas rurales o en las que tienen por escenario la Naturaleza donde se muestra la violencia del modo también más descarnado y primario. Ocurre con el llamado 'western ibérico' y antes con 'La familia de Pascual Duarte' de Cela o con 'Los santos inocentes' de Delibes, con los cuentos de balaceras de Rulfo o con los de cuchillos pampeños de Borges, por citar dos casos latinoamericanos. Y ocurre con 'Una casa junto al Tragadero', la obra con la que el escritor argentino Mariano Quirós ha obtenido el XIII premio Tusquets Editores de Novela en este año 2017.

La violencia es un hecho psicológico y fisiológico en este texto, un factor atmosférico, un fenómeno telúrico e incluso un material estructural, empezando por el propio protagonista, al que llaman el Mudo, alguien al que le ha pasado algo en su vida de lo que no quiere hablar con nadie y que quizá él mismo no sepa exactamente ni lo que es. El Mudo dejó atrás hace años la ciudad de Resistencia, para instalarse en las afueras de Colonia Benítez, un pueblo del Chaco, al norte de Argentina, donde lleva una existencia aislada con una perra, la India, en medio de un paisaje tan natural como poco amable, en el que no se sabe si busca la paz o el castigo. Su propio mutismo, que contrasta con el hecho paradójico de que es el narrador en primera persona de la historia, parece una suerte de penitencia que se ha impuesto y de violencia que ejerce contra sí mismo, dando pábulo a que los lugareños se inventen sus propios bulos sobre él y se hagan sus propias ideas no precisamente generosas. Dicha paradoja -la del mutismo del narrador- Mariano Quirós la resuelve técnicamente centrando el discurso de este en la acción narrativa y limitando de una manera aparentemente natural el campo de la reflexión introspectiva.

A toda esa enrarecida narratividad se añade la amenazante leyenda que se cierne sobre el propio río que pasa junto al hogar de su solitario personaje central. Dicho río, que comparece en el título del libro, se llama Tragadero porque dicen que se lo traga todo: el ganado y las personas, las vacas y hasta los peones que luego las andaban buscando. Da la impresión de que ese río y el Mudo se llevaran bien porque el segundo se hubiera tragado la historia del primero como una metáfora de la depredación que da al libro una inquietante dimensión poética. La única excepción que acepta en ese plan de alejamiento de la civilización y de la implicación con los otros es Insúa, el propietario de un almacén de víveres al que el Mudo entregó su camioneta a cambio de recibir el necesario abastecimiento para su robinsoniano plan de vida. Con Insúa es con el único personaje con el que el Mudo guarda una relación parecida a la amistad. Insúa es el que le ha puesto al corriente de los peligros de la zona, incluido el de esas aguas que discurren junto a la casa, y al que debe los recursos de supervivencia que ha aprendido, entre ellos el de cazar monos con escopeta.

Entre los personajes secundarios del reparto se encuentran un tal Soria y su hijo, por los que nuestro hombre no experimenta una especial simpatía. Y se encuentran también los jóvenes ecologistas de una fundación llamada Vida Silvestre que no tienen otra misión en el relato que complicar la vida del héroe y la del propio Insúa, o sea la de representar a esa clase de humanidad de la que el Mudo ha tratado de huir como de la peste y no por un ideal ecológico ni ninguna causa animalista. Uno de los objetivos que definen de forma gráfica el 'noble quehacer' de esos activistas, del que nos informa la voz que narra, consiste en la liberación de la fauna ambiental obligándo a Insúa a poner en libertad a dos caimanes que tenía de mascotas, a los cuales había bautizado en su día con los nombres de Antonio y Mamerto. El episodio es irónicamente ilustrativo del típico amor impostado e ideologizado a la Naturaleza. La gente de Vida Silvestre no mide los efectos naturales que pueden ocasionar sus buenas obras. Esta es una de las tesis que esboza esta excelente novela que tiene mucho de revisión desprejuiciada del mito del 'buen salvaje'.

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