Una estirpe maldita

Entre la magia y la tragedia, los personajes de la novela se transmiten una herencia de aislamiento y locura

PABLO MARTÍNEZ ZARRACINA

En 'Cien años de soledad' encontramos sesenta y nueve personajes de relevancia. Su protagonismo se distribuye, de un modo circular y bíblico (ajeno al «tiempo convencional de los hombres»), a lo largo de seis generaciones de una misma familia, los Buendía. No es una familia común. El aislamiento, la locura, el incesto los convierten en una estirpe maldita.

La historia de los Buendía, que nace y muere en el espacio de un siglo, está sometida a la tiranía de un destino trágico y anticipada en el último párrafo de los pergaminos de un gitano medio alquimista y medio profeta: «El primero está atado a un árbol y al último se lo están comiendo las hormigas».

El primero se llama José Arcadio y se ve obligado a abandonar el pueblo en el que vive con su mujer por un asunto que justifica cualquier exilio: el acoso fantasmagórico de un vecino al que has matado tras una pelea de gallos problemática.

Había perdido en la espera la fuerza de los muslos, la dureza de los senos, el hábito de la ternura, pero conservaba intacta la locura del corazónLa historia de los Buendía, que nace y muere en el espacio de un siglo, está sometida a la tiranía de un destino trágicoRecuerda, compadre -le dijo-, que no te fusilo yo. Te fusila la revolución. El general Moncada ni siquiera se levantó del catre al verlo entrar. -Vete a la mierda, compadre-, replicó

Para darle paz al pobre espectro y tranquilizar de paso su conciencia, José Arcadio Buendía parte «hacia la tierra que nadie les había prometido». Su idea es instalarse junto al mar, pero un sueño le anuncia el lugar donde debe construir una nueva aldea, «a la orilla de un río pedregoso», y le confía su nombre, «de resonancia sobrenatural»: Macondo.

Gabriel García Márquez, que no fabuló menos en sus entrevistas que en sus novelas, explicó que bastó con el sonido poético de ese nombre para fundar Macondo en su imaginación. También dijo que todos sus habitantes estaban compuestos con piezas tomadas de gente que conocía, aunque todos eran además estrictamente autobiográficos al menos en un «elemento fundamental».

No sabemos qué elemento uniría a García Márquez con José Arcadio Buendía, que comienza siendo el típico padre fundador: un líder fuerte, obstinado, ejemplar. Pronto la fascinación que siente por los prodigios que cada año llevan al pueblo los gitanos hace de él un iluminado «de aspecto holgazán, descuidado en el vestir, con una barba salvaje».

Es una transformación quijotesca: un viaje a la locura que inaugura el camino hacia el desastre que seguirán los Buendía. El primer José Arcadio muere siendo un anciano «desvaído» que habla en latín atado a un gran castaño. Incluso muerto, su mujer sigue viéndole bajo el árbol y le cuenta qué va ocurriendo con sus hijos y nietos.

Sucede porque Úrsula Iguarán no es solo la clase de mujer que sostiene una familia. Es la mujer que sostiene esta novela. Gabriel García Márquez reconoció que su idea era matarla pasada la mitad del libro, cuando estalla en Macondo una guerra civil, pero entendió que con Úrsula moriría todo. Así que Úrsula Iguarán, «mujer de nervios inquebrantables, a quien en ningún momento de su vida se la oyó cantar», vive más de cien años y ve cómo su familia crece marcada por un estigma de locura e infelicidad.

Úrsula Iguarán es tan sensata como feroz en la defensa de los suyos. Las «extravagancias» de los suyos la llenan de un cansancio y una furia que apenas expresa mientras los perdona y los protege, generación tras generación. García Márquez aseguró que Úrsula era «el paradigma de la mujer esencial». Y lo explicó: «Las mujeres sostienen el mundo en vilo, para que no se desbarate mientras los hombres tratan de empujar la historia».

Sin embargo, el papel de Úrsula Iguarán va más allá del sustento familiar. Es el personaje más complejo y matizado de 'Cien años de soledad' y ejerce de exégeta de su propia familia. Es capaz de intuir cómo su infortunio obedece algún tipo de patrón, anunciando así posteriores revelaciones. Úrsula descubre con «zozobra» que mientras los Aureliano de la familia son «retraídos, pero de mentalidad lúcida» los José Arcadio son «impulsivos y emprendedores» pero están marcados por la tragedia.

Si Úrsula Iguarán es el gran personaje de la novela, su segundo hijo, el coronel Aureliano Buendía es, en opinión de Mario Vargas Llosa, «la personalidad fulgurante del libro». Estamos ante un hombre de acción. Un héroe que llega hasta el límite en que la épica invade lo ridículo. Su biografía es una estadística deportiva: Aureliano Buendía inicia treinta y dos guerras civiles al frente del ejército revolucionario y las pierde todas, sobrevive a catorce atentados y setenta y tres emboscadas. También sale vivo de su propio fusilamiento. Rizando el rizo, sobrevive incluso a su propio suicidio. Su vida personal es igualmente desmesurada. Tiene «diecisiete hijos varones de diecisiete mujeres distintas». Todos son «exterminados uno tras otro en una sola noche».

Y, sin embargo, el coronel Aureliano Buendía vive aplastado por una enorme soledad. Es incapaz de transmitir afecto a su familia o a sus innumerables amantes. El final de su vida transcurre en un pequeño taller del que apenas intenta salir para organizar sin éxito una última «guerra senil». Muere de pie, tras ver un desfile circense, en el momento en que ya no puede recordar su infancia, junto al castaño en el que murió su padre. García Márquez aseguró que estuvo llorando horas la comisión de «ese asesinato».

Quizá eso explica la presencia del coronel Aureliano Buendía en otros libros del autor. Su nombre aparece en 'La hojarasca', 'El coronel no tiene quien le escriba' o 'Crónica de una muerte anunciada'. García Márquez explicó que el coronel Aureliano Buendía está inspirado en un militar liberal colombiano, Rafael Uribe Uribe, que combatió en la Guerra de los Mil Días. La posteridad del personaje queda asegurada en la frase inicial de 'Cien años de soledad', una de las más famosas de toda la historia de la literatura.

Curiosamente, la que se convertiría en la escena más famosa de la novela no está protagonizada por ninguno de sus personajes poderosos, sino por una hermosa muchacha cuya pureza hace que para algunos sea retrasada mental y para otros no sea «un ser de este mundo». Su nombre es Remedios la bella y su olor natural es tan seductor y poderoso que permanece en el cerebro de sus numerosos pretendientes incluso cuando estos ya han muerto.

Mediada la novela, una tarde en que las mujeres doblan sábanas en el jardín, un «viento irreparable» eleva a los cielos a Remedios la bella. La muchacha no se resiste y dice adiós, «entre el deslumbrante aleteo de las sábanas que subían con ella, que abandonaban con ella el aire de los escarabajos y las dalias, y pasaban con ella a través del aire donde terminaban las cuatro de la tarde».La fantástica ascensión de Remedios la bella se convirtió pronto en el emblema del realismo mágico. Para bien y para mal, el episodio es recordado de un modo constante. García Márquez explicó lo mucho que le había costado escribir la escena y la defendió remitiéndose a Kafka. Al fin y al cabo, Gregorio Samsa se despertó transformado en un insecto y nadie protestó por ello.

Remedios la bella forma parte de la zona de Macondo que conecta de un modo directo con lo sobrenatural. El encargado de custodiar esa frontera es un «gitano corpulento, de barba montaraz y manos de gorrión» llamado Melquíades. En 'Cien años de soledad' su papel es decisivo. Es él, con sus extraños conocimientos, quien inocula el germen de la locura en José Arcadio Buendía, ganándose así la animadversión de la sensata Úrsula Iguarán. Pero, sobre todo, el gitano anticipa en sus pergaminos escritos en sánscrito el destino de la familia Buendía.

Melquíades comparte inicial con Mefistófeles y con Merlín, aunque nos remite más a Nostradamus, cuyas predicciones interpreta con gran autoridad. Habituado a morir y resucitar por encontrar insoportable «la soledad de la muerte», Melquíades repite una frase misteriosa: «He muerto de fiebre en los médanos de Singapur».

Las interpretaciones más sofisticadas de 'Cien años de soledad' se sustentan de un modo significativo en Melquíades. Mario Vargas Llosa defendió en su ensayo 'Historia de un deicidio' que el viejo profeta es en realidad el narrador de la novela.

Esa posibilidad llena de interesantes significados el tramo final del libro, que encierra en un cuarto al posible narrador con el lector ideal de la historia de cualquier saga familiar: el último miembro de la estirpe.

Ese miembro es Aureliano Babilonia, hijo del tataranieto de José Arcadio Buendía y el primer Buendía que engendra un hijo por amor.

También es el Buendía que aprende sánscrito para descifrar los pergaminos de Melquíades. Quizá él no esté condenado a la soledad como sus antepasados, pero igual que ellos está sometido a una fuerza aún mayor: su vida ya está escrita.

Lo entiende al final de la novela, cuando descubre que su hijo está siendo arrastrado trabajosamente por «todas las hormigas del mundo» hacia sus madrigueras. «Al último se lo están comiendo las hormigas».

Entonces, Aureliano Buendía se encierra a desentrañar los textos de Melquíades, dispuesto a descifrar su pasado y aceptar su destino. Sucede mientras el lector cierra la novela y entiende, como el último de los Buendía, que «la ciudad de los espejos (o los espejismos)» está a punto de ser «arrasada por el viento».

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