Recuerdos de Constantinopla

Una obra exquisita en la que se apela a los recuerdos entremezclados de otomano, griego, kurdo y armenio

J. ERNESTO AYALA-DIP

Cuando uno viaja por Grecia es imposible no ver en sus iglesias y monasterios -y ya no digamos en su gastronomía- la presencia otomana. Si uno viaje hacia el norte, de Salónica hacia arriba, hacia la frontera con Bulgaria o Turquía, esa influencia se hace más acusada. Si uno degusta la dulcería turca es evidente que le recordará la de Grecia, país, dicho sea de paso, en donde en los restaurantes te obsequian el postre. Si se quiere tener una idea exacta de Grecia, no basta con estirarse en sus islas. Hay que pisar el continente, ver su ganadería, su agronomía, sus olivares. Y luego visitar Turquía y estudiar sus similitudes. Después le aconsejaría leer 'Loxandra', de la escritora griega María Iordanidu, nacida en Constantinopla, la ciudad que hoy conocemos como Estambul. La vida de esta escritora, muy leída en su país, fue bastante poco corriente. En su Constantinopla natal, convivían griegos y otras comunidades, como la kurda, la búlgara y la armenia. Su infancia la pasó en aquella ciudad, con sus olores, fragancias y alegrías. El estallido de la Primera Guerra Mundial la obligó a refugiarse con su familia en la entonces todavía Rusia. Luego vinieron otros viajes, desplazamientos forzados, residencias accidentales entre Grecia y la URSS. Pero lo más curioso de toda su biografía es que todo ello no decidió transformarlo en novela hasta los 60 años. Recordemos que María Iordanidu nació en 1897 y falleció en 1989. Vivió 92 años.

'Loxandra' (1963) es la narración de la abuela de la autora. Pero también su vida transfigurada en arte de la evocación. Y relato de un paraíso perdido. Pero curiosamente este relato de una pérdida nunca es hueramente melancólico. Su nostalgia es, digámoslo, operativo. Los fragmentos de tristeza que la marcha de algunos familiares o amigos hacia lugares más esperanzadores nunca es motivo de ninguna queja existencial. Siempre sobreviene la fuerza de la alegría imprescindible para seguir sobreviviendo. Y hacerlo como si la felicidad siempre estuviera al alcance de nuestra mano. La voluntad de mantener las señas de identidad (lengua, comidas, costumbres, etc.) dentro de una comunidad mayor que nunca ejerce su predominio a la fuerza. Grecia es el país de la lengua que hablan los personajes de esta bellísima novela. De vez en cuando sobrevienen ansias de viajar a los orígenes. Pero ello también es motivo de una nostalgia inversa. Bien se llega a la metrópolis, ya se extraña Constantinopla. Inmediatamente se apela a los recuerdos, a la infancia, a los sonidos antiguos, entremezclados de otomano, griego, kurdo y armenio. Exquisita novela.

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