Antonio Arco, una mirada lúcida

'En qué estábamos pensando' es un recomendable laberinto organizado por un periodista de raza

JOSÉ BELMONTE

Antonio Arco ya es a estas alturas un periodista experimentado, con una mochila repleta de ilusión, colmada de voces que ha ido escuchando, con atención y respeto, en su camino, y que él, con generosidad, ha ido poniendo por escrito. Es, a día de hoy, uno de esos raros periodistas de raza. Por eso a nadie extraña que personajes un tanto particulares y díscolos (Arturo Pérez-Reverte, José María Álvarez, Antonio López, García-Alix, Félix de Azúa, Ricardo Bofill, Fernando Savater, Pepe Lucas...) le descubran sus más profundos pensamientos, como si estuvieran en la barra de un café un día cualquiera.

Para empezar, resultan espléndidos y muy esclarecedores los cuatro prólogos cuatro que van al frente de la obra, donde sus respectivos autores (el director de un periódico, un reputado catedrático de Teoría de la Literatura y crítico literario, un filósofo de fama internacional y un joven novelista al que todos le auguramos un espléndido porvenir) dejan claro el significado y la trascendencia de un libro de esta índole. Alberto Aguirre, director del diario 'La Verdad', donde realiza su tarea Antonio Arco, nos habla de esos «territorios emocionales» que el autor de estas páginas explota con maestría y enorme destreza. Algo que se percibe desde la primera pregunta del periodista, cuando, de entrada, deja atónito, boquiabierto y patidifuso al entrevistado al espetarle: «¿Qué pasa con la estupidez?» o «¿De qué procura no olvidarse?». El novelista en cuestión, Miguel Ángel Hernández, hace hincapié en la pericia del entrevistador para hacer aflorar el lado más auténtico y esencial del personaje; y concluye asegurando que este libro «está lleno de mentes lúcidas, de esos ojos que miran más allá de su tiempo». El filósofo, Paco Jarauta, también enfoca su exquisito comentario por la parte humana que se desprende de la lectura de esta obra, y hace alusión al «laberinto organizado por el periodista en su cuaderno de notas». En tanto que el crítico literario, Pozuelo Yvancos, reivindica la «dimensión de lo socrático» que todo lector percibe de manera clara e inequívoca desde el primer instante.

Aunque algunas de las entrevistas ya tienen varios lustros, y algunos de los comparecientes nos han dejado (Laín Entralgo, Julián Marías, José Hierro, José Luis Sampedro...), se conserva intacto ese calor del instante, esa frescura de lo recién hecho y que, sin embargo, se percibe como trascendente, como algo que ha permanecer más allá de las modas y del tiempo. Y si las preguntas de Arco son las preguntas de un periodista ilustrado, sensible, respetuoso y buen lector, las respuestas de quien tiene delante resultan magistrales, frases para ir anotando en un cuadernillo y mostrárselas a ese público desencantado que dejó de creer en la existencia de los maestros. Arco es el hombre que mira: sus propios comentarios, sus descripciones del entorno, sus matizaciones, son tan valiosos como esas otras frases geniales que nos regalan estos personajes que, en la mayoría de los casos, ya tienen en la Historia un lugar destacado.

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