Un mundo de huérfanos sobre un cielo sin dioses

Un mundo de huérfanos sobre un cielo sin dioses

Portentosamente ambientada, 'Eva' figura entre las mejores producciones de Pérez-Reverte

JOSÉ BELMONTE

Entiendo que este tipo de literatura no pueda gustar a todos. Y que ciertos puristas pongan el grito en el cielo y se escandalicen del número de ejemplares que se podrían llegar a vender. Lo bueno y lo popular, cuando coinciden, dan mucho miedo. Por algo crucificaron en su día al mismísimo Alejandro Dumas. Pero el tiempo lo ha puesto en su sitio, y ese mismo tiempo, tan justiciero siempre, se ha encargado de enviar al mayor de los anonimatos a quienes pusieron precio a la cabeza de estos escritores que tuvieron la osadía de vender cientos de miles de libros y, al mismo tiempo, no bajar la guardia en el estilo, en la incuestionable calidad de su literatura.

'Eva', como la primera entrega de esta serie, 'Falcó', es una novela de indudable calidad, escrita, como es habitual en su autor, a fuego lento, con una documentación exhaustiva y con un temple marca de la casa que permite que en una misma página puedan convivir escenas de extremada violencia con reflexiones y diálogos verdaderamente magistrales, que hubiera firmado el más exquisito de esos autores que abominan de la acción y que se dejan mecer en los brazos del lenguaje como único recurso.

Es un relato en el que su autor, Arturo Pérez-Reverte, no escatima recursos propios de su narrativa, en el que, en no pocas ocasiones, se le presta más atención a los gestos, a una mirada, a una imagen apenas entrevista en la oscuridad, solo iluminada por la brasa de un cigarrillo, que a las palabras grandes y solemnes, sin que echemos en falta juicios profundos, de hondo calado, sobre la condición humana. De hecho, tanto es así, que en algún que otro pasaje parece como si volviéramos a escuchar las palabras de aquel viejo Faulques de 'El pintor de batallas', personaje más allá del bien y del mal, que reflexiona sobre su vida pasada, nada edificante, y por lo que se ve obligado a pagar por ello. La visión del mundo que conserva un espía que aún no ha cumplido los cuarenta años coincide, pues, con la de aquel pintor encerrado en su faro, ajeno al mundo, que juega una partida, perdida de antemano, contra la muerte. Para Falcó el mundo es un mecanismo de relojería hecho de reacciones automáticas, egoísmo vital, realismo descarnado, sentido del humor oscuro y fatalista.

Pérez-Reverte no olvida a sus criaturas, ni se sale del campo de acción que le ha sido asignado, pretendiendo así ser fiel a su doctrina de buen soldado, de cazador solitario. En cuanto tiene ocasión, es capaz de recordarnos algún pasaje que nos remite, por ejemplo, a 'El maestro de esgrima', como en esa ocasión en la que en las páginas de 'Eva' nos conduce de la mano por la sevillana calle Sierpes hasta el Círculo Mercantil, en uno de cuyos salones con suelo de tarima halla unas panoplias con herrumbrosos floretes de esgrima en las paredes.

El cielo sobre Tánger

El secreto para que Reverte elabore una novela de calidad -es una pena que luego se venda tanto y dé tantos pesares y quebraderos de cabeza a ciertos relamidos críticos- reside, sobre todo, en dos elementos fundamentales, uno de ellos previos a la escritura de la propia obra. Me refiero a ese proceso de investigación que es ya un rito en el escritor desde hace tres décadas cuando publicó su primer relato. No deja ni un solo cabo suelto. Se nota, además, que en ello consiste uno de sus mayores placeres, que disfruta deambulando por las calles por las que, poco después, van a transitar sus personajes, alojándose en esos hoteles en los que Falcó y Eva van a disfrutar de sus noches de amor, tensas como la piel de un tambor aún por estrenar. El otro elemento no es menos complejo. Se trata de la ambientación. Lisboa, Sevilla o Salamanca, tres de los escenarios de 'Eva' responden fielmente a la idea que el lector tiene de esos lugares durante los primeros meses de la Guerra Civil española, con detalles que solo un observador muy atento es capaz de poner sobre el tapete. Pero la ciudad que brilla en esta ocasión es Tánger, donde Pérez-Reverte, no por casualidad, firma su novela en mayo de 2017. Una ciudad repleta de espías, de delatores, de chivatos, de delincuentes, de traficantes de armas y estupefacientes. Una especie de cueva de Alí Babá que huele a especias, a té moruno, y en cuyas calles estrechas y oscuras tienen lugar algunos de los pasajes más destacados de este relato.

En Tánger se dan cita personajes como Falcó, Moira Nikolaos, Paquito Araña, los capitanes Navia y Quirós, responsables de dos barcos enemigos pero que son capaces de mantener un diálogo de militar a militar, con un temple verdaderamente envidiable y que da lugar a uno de los instantes más llamativos a lo largo de estas páginas. Y Eva Neretva, ausente y presente al mismo tiempo. Aunque no sabemos de ella hasta bien pasado el primer centenar de páginas, Eva es la obsesión de Falcó, y parece que su vida, su manera de actuar, esté siempre orientada hacia esta rusa que resulta irresistible como mujer e incorregible en sus ideas.

'Eva' está, sin duda, entre las mejores novelas escritas por Arturo Pérez-Reverte, quien cuida hasta el último detalle ese final que resulta antológico, de lo mejor que se ha escrito en la literatura contemporánea. Todo un mundo de huérfanos sobre un cielo sin dioses.

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