Moscas de ojos vidriosos

JOSÉ BELMONTE

Toda primera obra tiene sus riesgos. Es preciso someterse a un aprendizaje que solo con el tiempo ofrece sus frutos. De ahí que, con frecuencia, los propios escritores traten de ocultar su viejo legado, aquellos libros que solo sirvieron de formación, para poner a punto las armas de cara al futuro combate literario. Hay, sin embargo, muchas y notables excepciones. Como el caso de Javier Marías, que, con apenas veinte años, sacó a la luz sus dos primeros relatos, rebosantes de una insólita madurez. O Vargas Llosa y su obra 'La ciudad y los perros', que daría lugar al inicio de ese interminable 'boom' literario hispanoamericano que tanto ha asombrado al mundo y que ha nos dado dos premios Nobel.

El primer libro de José Manuel Jiménez (Murcia, 1971) no ha nacido huérfano, sino ataviado con los ropajes propios de una obra ya en sazón, bien compuesta y meditada, con la complejidad propia de un escritor que ha pulido al máximo el lenguaje hasta llegar a esa desnudez que preconizara el excelso Juan Ramón. Y lo mismo se podría decir de su estructura. El lector no tiene que temer por una inaccesible complejidad, a prueba de paladares relamidos y exquisitos. Hay, sin embargo, un deseo expreso de su autor, de José Manuel Jiménez, de montar un relato en donde, de alguna manera, se requiera la participación del lector, que tiene que colaborar en la labor de montaje, como si de un buen filme se tratara. Porque, no en vano, la novela es muy 'visual', de enorme plasticidad, desde el primer y breve capítulo, que marcará el devenir de las siguientes páginas.

La proverbial cita de Coetzee que va al frente de la obra no es baladí. Esos restos del banquete y esas moscas «de alas secas, de ojos vidriosos, implacables», pululan por todo un relato que participa de lo mejor de la novela policiaca y también de la novela psicológica, por lo que nos mantiene expectantes hasta la última página. Los personajes, pocos, pero muy bien dibujados, van a su aire y actúan con una sagaz destreza y libertad hasta convertirse en reales a los ojos del lector. Llama, sin embargo, la atención el hecho de que el más ausente de todos ellos, Elena, sea quien se imponga, desde el recuerdo, con su alargada sombra, a todos los demás.

'Hombre sin fin' es una novela con enormes remansos, que invita a la reflexión y que se adentra en análisis de una sencilla verdad, como es la pérdida de un ser muy cercano. El autor no desaprovecha los últimos inventos, como internet y las nuevas fórmulas de comunicación escrita, para incorporarlos de manera activa en estas páginas. En suma, un relato bien armado, repleto de pequeños y decisivos detalles, nada sencillo para un autor que acaba de saltar al ruedo de la creación literaria y que se ha puesto a sí mismo el listón a notable altura.

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