Morir al lado de mi amor...

Martínez de Pisón regresa con un relato cuyo estilo recuerda a los más grandes del género

JOSÉ BELMONTE

Incluso para quienes son ajenos al siempre apasionante campo de las Ciencias Jurídicas resulta fácil distinguir entre Derecho natural y Derecho positivo. Mientras el primero de ellos postula la existencia de derechos humanos fundados en la naturaleza misma de la especie, en el Derecho positivo se integra todo el conjunto de normas jurídicas escritas. En ocasiones, el choque entre uno y otro es inevitable, y justo de ese conflicto surge el argumento de la última novela de Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960), uno de los narradores españoles más brillantes del siglo XXI.

Las novelas sobre lo que en realidad sucedió durante los años de la transición española están aún por escribir. Cuarenta años después, aquellas personas que solo eran unos muchachos cuando finalizó la dictadura están poniendo por escrito lo vivido y lo soñado casi a partes iguales. Pisón se ha instalado, con obras de hondísimo calado, escritas primorosamente, embastadas con un sólido argumento, como 'La buena reputación', en una época que arranca en los años de la transición y que casi siempre se queda en la década de los ochenta o noventa. 'Derecho natural' es el libro propio de un narrador nato, de uno de esos escritores tocado por la mano de Dios que posee unas dotes naturales para enfrentarse a un género tan plagado, actualmente, de impostores y gente mediocre.

En la manera de narrar de Martínez de Pisón siempre hay una calidez y una nostalgia subyacente que llega al lector por vía intravenosa. Algo que quizá tenga mucho que ver con esa fluidez narrativa de un autor capaz de mantener expectantes a quienes se acercan a estas páginas. En su literatura vamos de sorpresa en sorpresa, sin necesidad de echar mano de trucos ni de utilizar la chistera. En 'Derecho natural' no sabría con qué personaje quedarme. Si con el narrador, Ángel, que peca de ingenuo, de buena persona, o con su padre, un perfecto imitador de Demis Roussos, que tiene algo de golfo pero al que no le faltan corazón y ternura. Y entre ambos, la madre de Ángel, sus dos hermanas y su hermanillo Manolo, que parece extraído de una de esas novelas de Juan Marsé o Javier Cercas en la que los malos no son tan malos y que finalmente nos resultan simpáticos.

Martínez de Pisón se aparta voluntariamente de esas florituras lingüísticas y formales propias de quienes tienen muy poco que contar, y se centra en aquello que nos enseñaron los grandes de género, desde Dickens hasta Galdós, pasando por la gran narrativa francesa y rusa del XIX: contar una historia que no resulte aburrida y que seduzca, de principio a fin, a un lector que sabe agradecerlo.

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