Marcelo Lillo o relatos de la indolencia

El escritor chileno Marcelo Lillo./E.C
El escritor chileno Marcelo Lillo. / E.C

El autor chileno, que no comenzó a publicar hasta los 50 años, reúne en este volumen una treintena de sus textos, marcados por la dureza del tono narrativo y de la realidad social que describen

IÑAKI EZKERRA

En 'Pobres gentes', la primera obra que publicó Dostoyevski y que ha sido considerada el gran antecedente de la novela social, la miseria material y el peso de los años del protagonista, Makar Dévushkin, comprometen sus sentimientos hasta el punto de que este empuja a la joven costurera a la que ama a casarse con otro hombre. Sin embargo, aún queda un poso de rebeldía en él cuando, finalmente, se lamenta y arrepiente de su precipitada generosidad. Aún es un ser que gime y que se siente vivo. Onetti, que sumaría a ese legado dostoyevskiano de la precariedad económica, la crudeza faulkneriana, añadió otra forma de pobreza a la pobreza física. El arruinado Larsen amaga en 'El astillero' una paródica boda de intereses con una deficiente psíquica, que es la antítesis de una pasión y que esboza un nihilismo indolente en el que ha quedado descartada la posibilidad del sentimiento amoroso. Algo o mucho tienen que ver con esa pobreza añadida del desamor onettiano los personajes que el escritor chileno Marcelo Lillo hace desfilar por los treinta cuentos que reúne el volumen antológico 'De vez en cuando, como todo el mundo', y que conforman la muestra más representativa de las incursiones del autor en la narrativa breve.

La indolencia es la gran clave de este libro. Indolencia en el tono desmadejado con el que son contadas las historias. Indolencia en las propias historias y en el modo en el que sus personajes amaron o dejaron de amar, si es que alguna remota vez lo hicieron. Indolencia en sus movimientos, en sus silencios, en la manera en que se refieren a sus recuerdos y experiencias, a sus propias vidas, que se asemejan a narraciones que se hubieran ido deshilachando por pura dejadez hasta perder la oportunidad de cerrarse con algo parecido a un desenlace. Puede decirse que los cuentos de Marcelo Lillo terminan en puntos suspensivos, como todos los argumentos de la propia existencia. Por esa razón, tienen algo en común con el arte de la novela, aunque posean, por otra parte, la economía estructural de elementos que reclamaba Chéjov para el género.

El primer relato, 'El fumador', ya tiene como punto de partida una relación matrimonial desgastada, en la que los dos miembros de la pareja han perdido totalmente el interés del uno por el otro hasta el punto de que el trabajo que él consigue de vendedor de seguros, tras un largo tiempo desempleado, no sirve para unirlos sino para distanciarlos más de lo que ya estaban. En esa fase de alejamiento mutuo, ella también consigue un empleo, que le ha de servir de excusa para no coincidir con el marido ni en los ratos que ambos compartían frente al televisor. Es así como él entabla algo parecido a una amistad en un restaurante con un escritor que se dedica a vender sus propios libros puerta por puerta y que le narra un pasado con los indios amazónicos cuya veracidad queda en entredicho. En el segundo cuento, 'La felicidad', la situación de la pareja ante el televisor se repite todavía más tristemente si cabe. Ninguno de los dos trabaja y tienen que ir vendiendo sus bienes sin renunciar a la pequeña pantalla, que contemplan durante jornadas enteras desde la cama. En un inusitado arranque de voluntad, la pareja visita a la vecina de la casa de enfrente en el cumpleaños del hijo de esta, que -descubren- usa unas piernas ortopédicas. Lo que parece el inicio de una entrañable relación con el niño, de una edificante amistad con su madre, de eso que las solapas de las novelas suelen llamar, en fin, «una posibilidad de redención» para los desastrados protagonistas, se esfuma por el abandono de estos, por el desinterés mutuo o por el ritmo azaroso y despiadado de la propia vida que Marcelo Lillo sabe transmitir sin aspavientos al lector, con un estilo parco que guarda cierto parentesco con el realismo sucio norteamericano. Otro rasgo en común con este es el modo en el que una impresión física, casi fisiológica, como la que produce la visión objetiva, parcial y próxima de una nariz de pájaro en un interlocutor, se impone sobre el contenido de la misma conversación y logra sustraer al propio lector de esta.

Es llamativo el hecho de que, pese a reunir piezas narrativas que han sido escritas en diferentes épocas, 'De vez en cuando, como todo el mundo' sea un libro unitario, en el que se mantiene un tono uniforme hasta el final. Hasta 'La enfermedad', el relato que cierra el volumen y que rompe el tono nihilista cuando el protagonista recuerda a una niña moribunda a la que frecuentó en su propia infancia, y que le arrancó unas lágrimas espontáneas antes de seguir jugando con sus compañeros.

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