Fragmentos de la memoria

Una intensa autobiografía novelada, entre la verdad y la ficción

INÉS BELMONTE AMORÓS

Ordesa', sexta novela de Manuel Vilas (Barbastro, Huesca, 1962), se concibe como la búsqueda o el deseo de lo corpóreo, el rescate de la materia, sirviendo ello de contrapeso a la extinción de su padre incinerado («Como yo mandé quemar el cuerpo de mi padre, no tengo un sitio adonde ir para estar con él, de modo que me he creado uno: esta pantalla de ordenador»). 'Ordesa' es, además, la fundación de un templo, o bien un prolongado soliloquio del narrador que adquiere el tinte de un rezo. Es, como el propio autor define la vida (y este libro es territorio conquistado de ella), «una conversación interminable entre un padre y su hijo». También podemos comprenderla como el resultado de coser fragmentos de la memoria, y cuya técnica hereda Vilas -según él mismo testifica en su propia obra- de la personalidad impulsiva y caótica de la madre.

Ello se traduce en una estructura narrativa caprichosa, con una línea temporal discontinua e imágenes, ideas y símbolos reiterados hasta la saciedad, los cuales obligan al lector a constantes saltos de fe. Esta escritura frenética y temeraria se refleja asimismo en la neurosis del Yo, o más bien los Yoes, que articulan la novela; conforme lees, en tu imaginación se aparece una mano que arroja una piedra hacia un río: las ondas que la piedra dibuja en el agua son las múltiples identidades de Manuel Vilas. Porque Vilas ha de ser nombrado, como mínimo, tres veces: el autor de 'Ordesa', el narrador de la historia y el personaje principal. Pero, en ocasiones, Vilas se narra a sí mismo en tercera persona; otras, el yo narrativo refiere una voz dentro de su conciencia que, con tono habitualmente autoritario y tosco, ordena al Vilas narrador qué ha de ser contado y qué no, qué ha de ser recordado o sentido. Por su parte, el único personaje que podría estar a su altura testimonial, el hermano, apenas aparece dos o tres veces, en contraste con la presencia continua de los padres, los tíos, los abuelos... ¿Por qué motivo? Quizás porque es el único que puede refutar el testimonio del autor, y arrojar veracidad y tosquedad a una memoria que carece de ello. En cualquier caso, nos encontramos ante una autobiografía novelada (que no una autobiografía a secas, sin componentes ficcionales), de modo que nosotros, los lectores, hemos aceptado un extraño pacto: no exigiremos veracidad al texto. Y sin embargo, ¡qué difícil es no caer en las morbosas lindes de estas dos sendas, la de la verdad y la de la ficción! Habrá quien quiera, tarde o temprano, ir en busca del autor-personaje (Manuel Vilas nos deja su dirección allá por la mitad de la obra), saltando el muro de lo ficcional, para darle el pésame, un abrazo, una bofetada, o, como mínimo, para sugerirle que cambie de psiquiatra. Es posible que el lector llegue a preguntarse por qué este señor lo ha invitado a su extravagante y mortuoria fiesta, a este eterno diálogo entre un padre y su hijo.

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