El escritor de las dos lunas

El escritor japonés durante una visita reciente a Dinamarca./EFE
El escritor japonés durante una visita reciente a Dinamarca. / EFE

Todo tiene reverso en el universo de Murakami; por sus mundos transitan seres marcados por su pasado y destinados a vivir en soledad

IVÁN ORIO

Cuando uno cierra un libro de Haruki Murakami cuesta unos segundos cerciorarse de si el mundo real es el que describe en sus páginas o si es el que tenemos al lado, junto a la mesilla o el sofá. La sensación es similar a la que se produce cuando alguien se despierta en medio de un sueño y tarda unos instantes en abandonar el universo onírico antes de afrontar lo cotidiano. En ese lapso de tiempo, a veces mínimo y otras no tanto, se mezclan lo imaginado y lo tangible, y nadie tiene la capacidad de decidir si prefiere quedarse a un lado o a otro. A veces incluso resulta complicado diferenciar lo real de lo ficticio.

Así se mueven los personajes del autor de 'Matar al comendador', su última novela (la publicará en castellano Tusquets, muy probablemente el próximo otoño), seres marcados y atormentados por su pasado que no encuentran la manera de romper con él para ser felices en el presente y que están por tanto predestinados a vivir en soledad, con la única compañía esporádica de sus propios fantasmas. Necesitan la redención personal y transitan sin descanso por vías llenas de túneles en las que la luz dura muy poco antes de convertirse de nuevo en oscuridad. Es Murakami el novelista de las dos lunas, símbolos en su obra '1Q84' de un Japón dual en el que el peso de la tradición y el fuerte tirón de la modernidad y la vanguardia conviven en un frágil equilibrio.

«Aomame se desplazaba sin pausa en el tiempo y en el espacio. No importaba en qué lugar se hallaba ni en qué momento. Lo relevante era el hecho de transitar entre distintos puntos (...). Aomame se preguntaba qué ocurriría cuando ya no pudiera verse a sí misma», escribe el nipón en el tercer volumen de '1Q84'. «Mientras lo hacían, él (Tsukuru Tazaki, protagonista de 'Los años de peregrinación del chico sin color') se esforzaba por pensar sólo en ella y en su cuerpo. Concentraba sus sentidos, apagaba el interruptor de la imaginación y mantenía lo más alejado posible todo lo que no estaba allí».

Publicó hace un año 'Matar al comendador', que aparecerá en castellano este otoño

Son dos ejemplos de la naturalidad con la que Murakami abandona en su literatura un universo para entrar en otro y de las dificultades de sus personajes para alcanzar la estabilidad emocional. Las idas y venidas en su mundo de dos lunas son espontáneas y no tiene que suceder algo traumático para que se produzcan. El otro mundo, el complicado, el interior, puede estar tras una puerta, al final de una escalera, en el peaje de una autopista o al abrir el ascensor. De pronto todo cambia y los demonios, hasta entonces adormilados en espera de su oportunidad, irrumpen con una fuerza sobrehumana en tu vida para ponerlo todo patas arriba.

La soledad

La soledad es un tema esencial en los libros de Murakami, novelista de una hondura extraordinaria y con una narrativa fresca y única. No es casualidad que su personaje Tsukuru Tazaki, diseñador de estaciones, se sentara en su adolescencia varias horas diarias en los andenes para ver pasar los trenes. Cada uno es una oportunidad que se le escapa de las manos. El escritor emplea a menudo la estación central de Shinjuku, en Tokio, para resaltar la tristeza del anonimato entre el gentío. Por sus galerías, comercios y restaurantes transita todos los días una media de dos millones de personas y, sin embargo, la socialización es esporádica. Rozarse está prohibido y los pasajeros deambulan por los pasillos como autómatas con una obsesión en la cabeza: su destino.

«En su cabeza -describe Murakami- se mezclaban realidad y ficción, e incluso a veces la emoción le hacía estremecerse. Sin embargo, era incapaz de explicar a quienes le rodeaban por qué le atraían tanto las estaciones de ferrocarril. Y aunque hubiera conseguido explicarlo, lo más probable es que lo hubiesen considerado un bicho raro». En realidad las estaciones ejercen en él una atracción irrefrenable porque es consciente de que cada tren que deja pasar puede ser el último en su vida. Es el miedo a lo desconocido.

Todo en Murakami fluye sin prisa pero sin pausa. Sus libros son además un canto a la gastronomía japonesa, una de sus grandes pasiones junto al jazz. Pero sus personajes casi siempre cocinan sólo para uno. En su obra lo occidental se mezcla con lo oriental, pero únicamente como un recurso literario. «Podrán preferir sus personajes el vino al sake y la hamburguesa al tofu, pero la manera en que el mundo murakamiano se comporta, habla, reacciona y piensa es, como no podía ser de otro modo, profundamente japonesa», subraya el doctor en Lingüística Carlos Rubio en su libro 'El Japón de Murakami' (Aguilar). Entiende el escritor que a cada uno le ilumina una luna diferente en su soledad. «Vivimos en silencio para no herirnos los unos a los otros ('Tokio Blues')».

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