Escribir sobreviviendo

Escribir sobreviviendo

La obra de Miguel Ángel Hernández posee el mérito de la gran literatura, arraigada en el paisaje natal del autor

ANTONIO PARRA SANZ

Tenía Miguel Ángel Hernández ya presentadas unas buenas credenciales narrativas, de la mano de la editorial Anagrama y su participación en el Premio Herralde, 'Intento de escapada' y 'El instante de peligro', dos credenciales que le han garantizado un lugar en la buena literatura de los últimos años. Y eran novelas en las que la experiencia adquiere un papel fundamental; dicho de otra manera, obras en las que la 'no ficción' se convierte en argumento literario, al hilo de la costumbre de autores tales como Vila Matas, por citar tan solo a uno de los autores fetiche de Miguel Ángel.

Hasta ahí todo seguía un camino jalonado por una prosa excelente, una voz firme y una literatura con mucho que contar. Pero he aquí que el autor murciano no se ha conformado con seguir por el camino iniciado y ha hecho un giro sobre sí mismo, un giro que le ha llevado a mirar en su propia memoria, o lo que es igual, a adentrarse en un recoveco diferente a los que habitualmente transitaba al hablar de su propia experiencia. Del presente continuo de su carrera y sus disquisiciones acerca del mundo del arte, su especialidad, pasamos ahora a encontrarnos con el Miguel Ángel más humano, el que regresa a sus dieciocho años, a la huerta de Los Ramos, y a una Navidad demoledora en la que vio cómo su universo personal se venía abajo tras la muerte de su mejor amigo, momentos después de asesinar a su propia hermana.

Metaliteratura

Las muertes de Rosi y Nicolás derruirán de golpe el pasado, el antes en el que vivía el joven Miguel Ángel, y solo regresan a él cuando un amigo escritor le sugiere que en ese hecho le está aguardado una novela, una nueva historia. Esta metaliteratura, a la que tan acostumbrados nos tiene el autor, se enriquece en esta ocasión con la memoria, pero también con los pulsos del alma, porque aquella noche será la espoleta que ponga en marcha toda la relojería de los recuerdos, y hay mucho que recordar, hay mucho sobre lo que hablar, empezando por la diferencia entre el presente y el pasado, por la posibilidad de regresar a esos tiempos que en ningún caso fueron un paraíso perdido, sino más bien un lugar del que huir lo antes posible.

Nadie debería cometer el error de considerar 'El dolor de los demás' como la novela moderna sobre la huerta murciana, ni siquiera como la novela moderna sobre Murcia, porque pecaría de miopía literaria. Estamos ante una novela extraordinaria que transcurre o parte de una zona concreta de la huerta. Punto. Lo demás supondría menospreciar la historia, y acaso uno de los muchos méritos que haya alcanzado Miguel Ángel sea precisamente el de haber construido su novela desde sus propias llagas, la incomodidad de saberse viviendo en un entorno que no era el suyo, la necesidad de huir hacia la universidad para poner distancia, pero también el remordimiento por lo que dejaba atrás: familia, amigos, raíces..., y como guinda aquella historia trágica que sacudió la pedanía una noche tan especial como la de Navidad.

Ajuste de cuentas

No tiene, por tanto, nada que envidiar a ninguna otra novela que nos plantease un caso parecido en la América profunda o en un país cualquiera del centro o del norte de Europa. Se trata de reconocer de una buena vez el mérito de la gran literatura, la que se arraiga en el paisaje natal del autor, pero sin ser exclusivamente localista, la que se universaliza porque ese paisaje es sólo un marco, y desempeñará el papel que su autor le conceda, en virtud de lo hondo que lo sienta, pero desde luego huyendo del costumbrismo barato.

El hombre que es ahora el narrador de esta historia dista mucho de ser el que era a los dieciocho años, cuando Nicolás cometió aquel terrible crimen, y uno de los mayores contrastes de la novela se produce cada vez que ese hombre regresa a Los Ramos, porque allí el tiempo parece haberse detenido, acaso lo que él necesita para recuperar aquella historia y convertirla por fin en materia literaria. Pero ese contraste, a la vez, le sirve para corroborar que en su momento eligió el camino correcto, por mucho que ahora haya empezado a acusar un poco más las punzadas de nostalgia.

Pasos detectivescos

Como ya se ha mencionado, la obra tiene el valor añadido de la metaliteratura, y que Miguel Ángel Hernández explota con sapiencia mientras arma la novela de aquellos hechos tratando de recuperar el testimonio de testigos e incluso siguiendo los consabidos pasos detectivescos que todo caso policial requiere.

En definitiva, se percibe en estas páginas el amor por la escritura que ya conocíamos en su autor, pero también la necesidad de ajustar algunas cuentas con el pasado, de asumir heridas que tal vez ya puedan cerrarse, al igual que la necesidad de reconocer ese dolor del título, el que afectó a los demás y que el juvenil egoísmo no le permitió entonces apreciar en toda su magnitud. Acompañemos a este autor en un camino que no le habrá resultado precisamente un lecho de rosas.

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