Todos somos chuchos

Todos somos chuchos

La obra atesora las claves de la literatura revertiana

JOSÉ BELMONTE

Más que un capricho personal -que también-, más que un emotivo homenaje a aquellos perros que le han acompañado a lo largo de su vida -la novela está dedicada a 'Sombra', 'Morgan', 'Mordaunt', 'Sherlock', 'Rumba' y 'Ágata'-, el texto que ahora sale a la luz es uno de esos llamados libros de autor, en donde Reverte se da un festín pantagruélico con el que él disfruta a lo grande, y nos hace disfrutar al resto de lectores. Pero que nadie se engañe: 'Los perros duros no bailan' no es, ni mucho menos, una obra menor. Como no lo fueron en su día 'Un asunto de honor', 'La sombra del águila' o 'Territorio comanche'. Reducir el número de páginas no significa bajar la guardia. En su caso, se trata de una mayor concentración de ideas en un espacio similar al de un cuadrilátero de boxeo, lo cual no es tarea fácil.

Cervantes y su 'Coloquio de los perros'

Reverte es siempre Reverte, incluso cuando sueña con un cielo canino en el que sus perros ocupan un lugar privilegiado junto a una traílla de mosqueperros. Sabe dejar a un lado ciertos sentimentalismos, que son buenos para la vida, pero nada convenientes para la buena literatura, para centrarse en algo más que una sencilla historia en la que un chucho que responde al nombre de 'Negro', veterano y cansado luchador, ejerce de detective sin sueldo, guiado por la amistad y las reglas del honor, amén de su mucha vergüenza torera.

El recurso, tan inusual, excepto en la literatura de carácter infantil y juvenil, de dotar de habla a un perro, procede de la literatura clásica, pero se materializa y cobra éxito en la conocida novela ejemplar de Miguel de Cervantes 'El coloquio de los perros'. Un delicioso relato con el que el manco de Lepanto dio a sus contemporáneos lecciones de verosimilitud hasta el punto de que ambos protagonistas, Cipión y Berganza, se nos antojan más reales, más vivos y humanos, que sus propios dueños, ajenos al secreto de la parla de estos dos improvisados y sorprendentes deslenguados.

A la cita del 'Coloquio' que Pérez-Reverte emplea al inicio de su obra en donde se expresa el deseo de hablar de uno de esos canes cervantinos, se podría añadir esta otra de la aludida obra en la que Berganza parece suplantar a un desencantado Miguel de Cervantes para expresar, con pena y sabiduría, que «al desdichado las desdichas le buscan y le hallan, aunque se esconda en los últimos rincones de la tierra».

Menos papeles que un conejo de monte

Pero regresemos a la novela que nos ocupa. En ella se habla de honor, de reglas y de códigos. Nada nuevo en nuestro autor. Y, sin embargo, aquí, en este contexto, la sensación resulta diferente, incluso chocante, como si al género de los cánidos, además de su reconocida fidelidad, se le concediera las mejores virtudes que adornan a los seres humanos. Están, pues, una vez más, Lucas Corso, y Diego Alatriste con sus incondicionales, capaces de tirar de espada por un quítame de ahí esas pajas. Y está presente, en estas páginas, escritas con la habitual maestría de su autor, capaz de combinar hermosas descripciones con diálogos en los que se combinan la ternura y la dureza a partes iguales, la Reina del Sur, que aquí, en forma de perro, lleva el nombre, cómo no, de Tequila, una buena jefa, aunque cruel y justa, «como clásica mexicana» a la que los Chuchos del Norte le habían compuesto un chucho-corrido que suena de este modo: «También las cánidas pueden/ ladrarte muy peligrosas./ Cuando se enojan son fieras/ esas caritas preciosas». De personajes como el perro Agilulfo también hay noticias en la narrativa de Pérez-Reverte. El filósofo y senequista Agilulfo, podenco flaco y culto, cuyo lema favorito es «ládrate a ti mismo».

La historia se las trae. No faltan las escenas de violencia. Pero, junto a ello, también destacan algunos sucesos de humor. Humor negro, claro, como el nombre de nuestro protagonista. Pérez-Reverte, consciente de que está ante unas criaturas diferentes a los seres humanos que pueden vivir, sin embargo, aventuras muy parecidas, dota a su relato de los elementos precisos para que resulte más creíble y concluyente: no se corre aquí la voz, sino el ladrido o «más sabe un chucho por ladrado que por leído». Y asoma, asimismo, el Reverte más cínico, el que se sonríe enseñando el colmillo y acude a esas frases que emplea, con gran éxito, en sus artículos periodísticos y que todos hemos terminado por aprendernos de memoria. Como cuando Negro habla de la suerte de sí mismo, convertido en perro guardián, con gran diferencia con esos otros desgraciados, los abandonados o los infelices a los que nadie reclama, y «que terminan sus días sin otra culpa que tener menos papeles que un conejo de monte».

Y tampoco faltan las críticas que ya se habían puesto de manifiesto en otras obras y artículos del autor. Críticas contra los explotadores de perros, que parecen alimentarse con su sangre. Críticas contra los que los abandonan en medio de una carretera sin mirar siquiera por el espejo retrovisor. Críticas a los propios perros, que empiezan a comportarse como humanos, dejando atrás, incluso, su condición de fieles. Negro, a pesar de ser un simple chucho, no va a la zaga de esas otras criaturas revertianas -Astarloa, Corso, Teresa Mendoza o Alatriste- que todo lector atesora en su memoria. Ya lo dejó escrito el propio Reverte en 'El club Dumas': «En literatura, el tiempo es un naufragio en el que Dios reconoce a los suyos».

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