La bondad de los trastornados

Ovejero vuelve por sus fueros con una novela con ideas profundas, pero de lectura fácil

JOSÉ BELMONTE

Con sus dos últimas obras, 'La ética de la crueldad', con la que obtuvo el Anagrama de ensayo, y su novela 'La invención del amor', con la que consiguió el Alfaguara de relatos, José Ovejero (Madrid, 1958) dejó claro que se trata de uno de los autores españoles más serios y originales de este siglo XXI.

Con 'La seducción' nos lleva de nuevo hasta los límites del ser humano, a problemas que, aun resultando cotidianos, nos ponen al borde del abismo. Estamos, una vez más, ante una historia de aparente escasa enjundia, sin excesivo enredo, sin demasiado gasto, pero a la que el autor sabe sacarle el máximo partido, empleando para ello un lenguaje en el que no emplea ni un solo adjetivo de más, con la austeridad por bandera. Una historia actual, en la que Ovejero pone mucho de su parte, de su propia experiencia como escritor. En la misma adivinamos sus ideas, su pensamiento, su filosofía de la vida, con un amplio y variado ramillete de reflexiones de gran mérito, como aquella en la que asegura que «a partir de cierta edad cambio es sinónimo de destrucción». Porque algo de destrucción de la personalidad hay en este personaje que lleva la voz cantante, Ariel Hernández, que lleva cuatro años sin publicar un libro y cinco sin escribir ni una sola línea. Y frente a él, como si fuera la otra cara de la moneda, otro escritor de menos nombre, Eduardo, narrador mediocre, sin éxito y, lo que es peor, sin apenas talento.

Hay, como no podía ser de otra manera, una importante presencia del propio lector. Es decir, de nosotros mismos, a quien, de vez en cuando nos pide cuentas el responsable de esta escritura. Así, por ejemplo, nos advierte del peligro de que la gente lo confunda con sus personajes. No sería la primera vez que esto sucede: «Una mujer me reprochó una vez que mi narrador hablase con desprecio de los locos y me invitó a visitarla en su taller de pintura en el psiquiátrico para que me convenciese de la bondad de los trastornados».

Sin embargo, al margen de las reflexiones, nada pueriles ni improvisadas, sobre el mundo de la creación artística, lo que más destaca en esta nueva y brillante entrega de José Ovejero es David, el joven y misterioso personaje que, poco a poco, con su presencia, va ganando terreno en esta historia en la que no falta la violencia y las situaciones difíciles a las que tienen que enfrentarse. Un crío observador que da la sensación de no ser un joven feliz, que busca consuelo en los autores estrafalarios, pero que, aun así, es gracioso, nada triste, divertido y con sentido del humor. Una especie de Woody Allen adolescente.

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