La Verdad

No hay profetas en su propia tierra

  • Si Haruki Murakami (Kioto, 1949) conquistó con sus novelas a este humilde crítico literario, fue por la extraña cercanía que sus historias lejanas dejaron en mi alma lectora

Si Haruki Murakami (Kioto, 1949) conquistó con sus novelas a este humilde crítico literario, fue por la extraña cercanía que sus historias lejanas dejaron en mi alma lectora. Era como si Aomame, Kafka, Jay, Tsukuru o Sara Kimoto pasearan cada día por las calles de mi ciudad.

Pues bien, este texto ensayístico de tono confidencial brilla porque las ideas y consideraciones que expone con sencillez rezuman normalidad, sensatez y mucho sentido común. Esto es así, excepto el episodio ya mítico del momento en que decidió escribir su primera novela en las gradas del estadio de béisbol de los Tokio Yakult el año 1978 tras un buen golpe del bateador local Dave Hilton.

A partir de aquí 'De qué hablo cuando hablo de escribir' es una antología de consejos realistas y fáciles de asimilar para un principiante que se anime ante un folio en blanco. Murakami insiste en que los premios literarios no sirven para escribir mejor, el dinero o el éxito aparte; que ser original es exactamente equivalente a ser libre si uno es capaz de reconocerse a sí mismo en cada libro nuevo; que las novelas son producto de la lectura y de la observación de la realidad cotidiana; que la educación y la escuela solo son buenas si el aprendiz es libre para crear su propio espacio de imaginación; que los personajes nacen espontáneamente de las experiencias que el escritor ha vivido en su mundo privado; que los lectores son seres invisibles cuyo valor reside en que de un modo u otro forman parte indisoluble del maravilloso acto de comunicación que es un libro; que no hay profeta en su tierra, por eso viviendo fuera de su país pudo saborear las mieles del éxito y ser reconocido en su propia tierra.

Este ensayo también recorre las fuentes literarias de nuestro escritor: de los norteamericanos Chandler, Carver y Hemingway, los europeos Dostoievski o Kafka a los japoneses Soseki, Kawabata o Tanizaki. Y termina su cálido discurso en la soledad de una habitación familiar, junto a un gato durmiente y al son de un acústico de Bob Dylan.